Los grandes gigantes urbanos

Article publicat a l’edició digital del diari El País del 3 de gener de 2018, per Mar Toharia.

Shanghai, China.

A inicios del siglo XIX la población urbana apenas representaba el 3% del total mundial. Hoy supera el 54% de la población y para 2030, aumentará hasta un 60%, y al menos uno de cada tres habitantes vivirá en urbes con más de medio millón de habitantes, asegura la ONU.

Cada vez somos más y más urbanos, y las ciudades cada vez más grandes y difusas. Actualmente existen 502 aglomeraciones urbanas que superan el millón de habitantes, 74 que superan los cinco millones, 29 megaciudades por encima de los 10 millones, 12 que superan los 20 millones y 1 ciudad con más de 30 millones de habitantes. Y estas áreas urbanas, a pesar de concentrar a más de 3.500 millones de personas, apenas cubren el 5% de la superficie terrestre.

Esto supone que las ciudades no sólo son un lugar de concentración de personas, sino que aún más aceleradamente, de riqueza económica. Así, en las 600 más dinámicas del mundo vive el 23% de la población mundial, y generan el 55% del PIB. Un porcentaje que se prevé que alcance hasta el 58% en el 2025. Actualmente, tan sólo 40 megaciudades concentran el 66% de la actividad económica mundial y el 85% de la innovación tecnológica y científica.

Algunas de estas grandes urbes, conocidas como ‘ciudades globales’ por su influencia económico-financiera, cultural y política a escala internacional son Nueva York (con más de 20 millones de habitantes), Londres y París (las dos ciudades europeas más pobladas, y con más de 10 millones de personas) o Tokio (38 millones de personas). Nodos de conocimiento e innovación, interconectados, semejantes entre sí, y convertidos en símbolos del capitalismo mundial. De hecho, la economía de Nueva York es mayor que la de 46 naciones subsaharianas juntas, y unida a Londres representan el 40% de la capitalización de mercado global.

A mayor escala esto sucede en las megalópolis, conurbaciones de las grandes ciudades con altos índices demográficos y de influencia. Con el acrónimo Boswash se conoce a la aglomeración norteamericana de 800 kilómetros que se extiende desde Boston a Washington con una población de casi 70 millones de habitantes. Y en Europa, el “Banana Azul“, con similar población es la franja que se extiende en arco desde Londres– Milán– Benelux– Estrasburgo hasta la cuenca de ZúrichBernaGinebra, y constituye el centro político-económico de la Unión Europea. O la gigantesca megalópolis japonesa, de más de 1.000 km2 que, desde Tokio hasta Kitakyushu, concentra el 80% de la población del país.

Pero ningún territorio urbano es homogéneo, y también en los países enriquecidos hay grandes desigualdades (en barrios como las banlieues de Paríso Bruselas viven millones de personas pobres, sin empleo o con empleos de bajo valor añadido). Si bien los mayores efectos de esta urbanización acelerada los están sufriendo los países en vías de desarrollo.

En 2016 había 31 ciudades con más de 10 millones de habitantes y 24 están ubicadas en zonas empobrecidas de la zona sur del planeta. La mitad de la población urbana vive en Asia, donde se encuentran 7 de las 10 ciudades más pobladas del mundo. Shanghai (30 millones de personas), Nueva Delhi y Bombai en India, Manila en Filipinas o Karachi en Pakistán (con unos 25 millones de personas cada una), Daca en Bangladesh (17 millones de personas), o Calcuta lideran el ranking, junto a ciudades como São Paulo (21 millones de habitantes), México (con una población de 22 millones de personas) o El Cairo (17 millones de personas). China, el país más poblado del mundo, tiene seis megaciudades y la India cuenta con cinco.

Estas grandes ciudades han crecido a un ritmo acelerado a costa de zonas rurales y poblaciones menores. Se calcula que unas 200.000 personas migran cada día a vivir a una ciudad, y los suburbios urbanos crecen bajo un modelo que no responde a las necesidades básicas de sus ciudadanos. Aproximadamente mil millones de personas (una sexta parte de la población mundial) vive en uno de los 200.000 asentamientos precarios (slums) existentes. Un total que se duplicará en las próximas tres décadas. En las ciudades africanas, casi dos tercios de la población habita en slums (sólo en Kibera, barriada de Nairobi, viven más de un millón de africanos). Y en América Latina, la región más urbanizada y desigual del planeta, el 80% de la población vive en ciudades, y más de una cuarta parte en villas miseria.

Y al tiempo en que las grandes urbes crecen, también lo hacen sus desafíos. Ejemplo de ello fue, durante el pasado mes de noviembre, la capa tóxica de contaminación que se extendió sobre la capital de la India, Nueva Delhi, y superó diez veces el límite recomendado. La ciudad de 22 millones de habitantes, estuvo cubierta durante días por una espesa capa de aire gris. En diciembre, en la ciudad de Teherán (Irán), de 13 millones de habitantes, las escuelas de educación primaria tuvieron que cerrar sus puertas a causa de nuevos picos de contaminación. La concentración en tasa de partículas (PM2,5) subió hasta 169 microgramos por metro cúbico en algunos barrios. Mientras que la OMS recomienda una tasa inferior a 25 µg/m3 de media cada 24 horas.

Los retos que plantea esta expansión urbanizadora para la calidad de vida humana y la sostenibilidad medioambiental son incuestionables. Más del 70% de las emisiones de CO2 proceden de usos urbanos (15.000 millones de toneladas en 1990, 25.000 millones en 2010, y en 2030 se prevén 36.500 millones). Y, si no se introducen cambios, en 2030 será necesario el equivalente a dos planetas Tierra (huella ecológica mundial).

El aumento demográfico en las ciudades, y el cambio en sus patrones de producción y consumo, comienzan a chocar de manera visible con los límites de unos recursos naturales finitos. Y generar espacios urbanos sostenibles es hoy una necesidad urgente para la salud humana y la del planeta. En definitiva, la manera en que habitamos nos define como civilización. Y tal y como afirmara el geógrafo David Harvey: “La cuestión de qué tipo de ciudad queremos no puede divorciarse de la cuestión de qué tipo de personas queremos ser, qué tipo de relaciones sociales buscamos, qué relaciones con la naturaleza mantenemos, qué estilo de vida deseamos o qué valores estéticos tenemos”.

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