¿Es inevitable la sequía en España?

Notícia publicada a l’edició digital del diari La Razón del 19 de novembre, per Jordi Alcalde.

España es más seca que húmeda. Al menos eso parece querer decir el lenguaje secreto de los anillos de los árboles. El crecimiento de los troncos de las especies leñosas deja un cúmulo de círculos concéntricos que atesoran información valiosa sobre cuánto ha sufrido la planta, cuánta agua ha recibido, cuántos años ha pasado sedienta, cuántas veces ha estado sometida al peor estrés al que puede someterse a un vegetal: la falta de líquido elemento. Un reciente estudio de la Universidad de Zaragoza ha analizado el registro de agua en los bosques españoles a través de ese lenguaje de los troncos. Con árboles que han vivido más de 300 años es posible dibujar la biografía hídrica de tres siglos. El resultado es revelador. En los últimos 320 años la Península ha sufrido al menos siete episodios de sequía extrema y sólo cinco de humedad extrema. Lo dicho, España es más seca que húmeda.

Si se buscan episodios de sequía moderada o inundación moderada, los primeros también ganan 36 por 28. Puede que el cambio climático esté aumentado la longitud de las sequías y el aumento de temperatura las haga más dañinas. Pero desde tiempos inmemoriales el agricultor español sabe que ha de acostumbrarse al azote periódico de los años secos. En estos lares, el ser humano ha visto demasiadas veces pasar sobre sus cabezas impotentes el aire húmedo en forma de nubes que se deshacen o se alejan antes de descargar en el campo. Es la consecuencia de vivir donde vivimos, en la frontera entre la región climática ártica y la africana, a expensas de la inasible Oscilación del Atlántico Norte, sometidos a la cruel danza del Anticiclón de las Azores y la depresión de Islandia. Sequía natural, global, inevitable. ¿Inevitable? Algo nos empuja a pensar que no: que esas masas de aire húmedo que giran hacia Europa o pasan de largo sin precipitar pueden ser controladas, deberían estar a nuestra merced. La ciencia y la técnica, capaces de llevarnos a la Luna y de extirpar un tumor en el interior del cerebro tendría que saber obligar a la lluvia a caer donde más se la necesita.

Y vaya si lo hemos intentado. La historia reciente de la estimulación artificial de lluvia se remonta nada menos que a 1946, cuando los investigadores Shaeffer y Vonnegut descubrieron que el hielo seco y el yoduro de plata son ideales para formar núcleos de congelación. En ciertas circunstancias, el aumento de esos dos elementos en el interior de una nube cargada de agua favorece la precipitación. Desde entonces se han realizado numerosos avances en el uso de productos químicos que estimulen la descarga de agua. Algunos de ellos muy ambiciosos, algunos de ellos en España. En los años 80 (en medio de uno de esos periodos secos que nos desesperan de cuando a en cuando a los españoles) la Organización Meteorológica Mundial decidió utilizar la localidad vallisoletana de Villanubla como campo de pruebas de una magno experimento de siembra de nubes. Así se llama a la inyección de elementos químicos mediante aviones o cohetes en los cúmulos algodonosos del cielo para lograr que rompan a llorar. Los resultados fueron muy desfavorables. El incremento de gotas en las nubes tratadas fue prácticamente inapreciable y su efecto en las precipitaciones sobre la Cuenca del Duero, inexistente.

Es cierto que suelen usarse compuestos como el yoduro de plata para preñar nubes grandes y lograr dos efectos: deshacer el granizo o provocar lluvia. Pero la eficacia de este sistema, aparte de muy inconsistente, es en todo caso local. Modificar el régimen de precipitaciones de una región grande, como la Península Ibérica, es otra cosa. Hay que actuar sobre miles de toneladas de vapor de agua que se desplazan al dictado de las altas y las bajas presiones. Una sola nube de tamaño medio que flota sobre nuestras cabezas puede contener 500 toneladas de agua. En las nubes de tormenta hay más de un millón de toneladas. Menos del 20% de todo el agua que portan las nubes cae en forma de precipitación. Jugar a manipular las ingentes cantidades de líquido que circulan por la atmósfera resulta demasiado peligroso. Ningún científico en su sano juicio propone hoy esa estrategia para paliar las sequías.

España es más seca que húmeda porque nos ha tocado ese papel en el planeta. Nuestro régimen de lluvias está directamente influido por la llamada Oscilación del Atlántico Norte. Se trata de un fenómeno descubierto en el siglo XVII y que consiste en la variación de dos juegos de presiones: las altas presiones del anticiclón de las Azores y las bajas de la depresión del Norte (en Islandia). Si el anticiclón de las Azores, en su movimiento natural, se coloca sobre el área de influencia de España, bloquea las borrascas que empuja la depresión del Norte hacia Europa. Es como un portero de discoteca que no deja pasar la lluvia norteña y la obliga a buscar cobijo en el centro de Europa. No sabemos muy bien por qué, pero esta pertinaz acción de bloqueo se repite al menos cada 10 años en periodos de duración que pueden a llegar al lustro. Ese es el motivo por el que España sufre sequías de 3, 4 o 5 años tan a menudo. La última de gran intensidad, a partir de 1995. Ahora sufrimos las consecuencias de otra que ya nos afecta por tercer año consecutivo.

Las soluciones a la sequía en España habría que buscarlas más en una definitiva y valiente política hidrológica que llevamos siglos sin terminar de acometer. Un plan nacional que agrupe a todos los partidos políticos y a todas las entidades afectadas. Sin parches, sin estrategias temporales. Que afronte con rigor la necesidad de explotar las fuentes subterráneas de agua igual que el siglo pasado se decidió explotar el agua superficial mediante la construcción de pantanos. Que contemple una mayor extensión de los tan demonizados trasvases. Que entienda que el uso del agua es una prioridad nacional (no regional) e incluso que module a producción de especies agrícolas para propiciar una transición hacia alimentos menos exigentes en agua.

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