Alaska se muere de calor

Article publicat a l’edició digital del diari La Vanguardia del 31 d’agost, per Francisco Aguilar.

Alaska sufre enormes pérdidas de tierra helada, especialmente en su región subártica, la más alejada del polo norte. La capa de suelo permanentemente congelado de esta zona es, además, la más vulnerable de todo el planeta, según The New York Times. Este suelo helado, conocido por su nomenclatura en inglés (permafrost) se deshace poco a poco con el aumento de las temperaturas debido al cambio climático.

“La temperatura del permafrost en el 2016 alcanzó valores que supusieron un récord negativo desde 1979 –año en que se iniciaron las mediciones por satélite– y se espera que los datos de este año lo superen. Con los valores de la temperatura global sucede exactamente lo mismo”, indica a este diario Ted Schuur, profesor de ecología de ecosistemas del Centro para la Ciencia y Sociedad de Ecosistemas (Ecoss) de la Universidad del Norte de Arizona.

“Todos los aumentos de temperatura cambian el estado del permafrost. Los niveles actuales de temperaturas globales (y árticas) alcanzan nuevos registros y el permafrost responde de la misma manera”, explica Schuur, que señala que “en el sur de Alaska la temperatura del permafrost está cerca del punto de congelación (0ºC), por lo que es muy susceptible al calentamiento, y en el norte (mucho más frío) experimenta cambios más rápidos de lo que se pensaba hace unos años”.

Los datos aportados por los científicos del Centro de Investigación Woods Hole, que estudian los efectos que produce el cambio climático sobre el terreno, verifican las palabras de Schuur. A 600 km al sur del Círculo Polar Ártico, a un metro bajo el suelo congelado, han detectado temperaturas de tan solo -0,5ºC. Incluso en el norte de Alaska, los científicos ven cambios severos. “Las temperaturas a una profundidad de 20 metros han aumentado en 3ºC los últimos decenios”, señala Vladimir E. Ramonovsky, investigador del permafrost de la Universidad de Alaska, según T he New York Times. Los cambios cercanos a la superficie aún son mayores. “En algunos lugares del norte, las temperaturas del permafrost en la parte más superficial han subido de -8ºC a -3ºC” según Ramonovsky. Temperaturas que no se alejan mucho de los 0ºC.

A este ritmo de crecimiento de la temperatura global, “en el año 2050, a profundidades de un metro, el 50% del permafrost se habrá descongelado. Para el 2100, sólo permanecerá el 10% del que existía a finales del siglo XX”, según las previsiones de algunos modelos cien­tíficos como los elaborados con­juntamente por Drew Slater, ex­miembro del personal científico del Centro Nacional de Datos sobre Hielo y Nieve de EE.UU (NSIDC en sus siglas en inglés), fallecido hace menos de un año, y Dave Lawrence, científico del Centro Nacional de Investigaciones Atmosféricas (NCAR, en sus siglas en inglés).

El calentamiento global en el Ártico se produce dos veces más rápido que en el resto del planeta. Se debe, principalmente, “al efecto de retroalimentación albedo”, según explica a este diario Ted Scambos, científico principal del NSIDC. El albedo es la cantidad de radiación solar que al chocar con la superficie terrestre vuelve rebotada a la atmósfera. Las zonas claras como las que están cubiertas de nieve y hielo reflejan más la radiación solar (tienen un albedo alto) y producen un efecto de enfriamiento. Mientras, las zonas más oscuras, como los bosques, absorben más luz y, por ello, se produce el efecto contrario que contribuye al calentamiento mundial. “A medida que más nieve y hielo se derriten en las tierras árticas y el Océano Ártico (a causa del cambio climático), la superficie que hay debajo del hielo (tierra u océano oscuro) absorbe más calor del sol, calentando el aire y las capas superficiales”, aclara Scambos.

A ello debe sumarse el efecto provocado por la materia orgánica que contiene el permafrost (plantas que consumieron CO2, murieron y permanecen, desde hace siglos, congeladas sin haberse descompuesto y restos de animales). A medida que se derrite el hielo que cubre dicha materia orgánica, se liberan grandes cantidades de gases invernadero a la atmósfera. “Cuando el efecto albedo calienta el permafrost y este suelo se sitúa por encima del punto de congelación, los microbios se activan y descomponen la materia orgánica, liberando tanto metano como CO2a la atmósfera”, indica Scambos. “Este hecho amplificará aún más el calentamiento global en el futuro”, agrega.

LA MASA DE HIELO EN ALASKA

Se estima que el permafrost del Ártico acumula cantidades que oscilan entre los 1.400 y los 1.850 millones de toneladas métricas de carbono, según el programa Ciencia Beta de la NASA. A día de hoy, se cree que el permafrost mundial contiene el doble de carbono del que hay presente en la atmósfera y su liberación contribuiría a un calentamiento global más rápido. La estimación de los científicos sobre la cantidad total de carbono que se emitirá durante este proceso varía, pero podría llegar a los 1.500 millones de tn/año, la misma cantidad que emite EE.UU. por la quema de combustibles fósiles. “Quizás la estimación es algo elevada, pero es cierto que la potencial escala de emisión de carbono del permafrost será similar a las cantidades que se liberan fruto de la actividad humana mundial”, asegura Scambos.

El derretimiento del Ártico podría colaborar al calentamiento global con un aumento de las temperaturas de hasta 0,9ºC en los próximos siglos, al margen de que la sociedad consiga reducir las emisiones de CO2, según prevén los científicos del Centro de Investigación Woods Hole. “Las futuras emisiones de carbono del permafrost acelerarán el calentamiento (décimas adicionales de grados), pero nunca eclipsarán las emisiones de combustibles fósiles –señala Schuur–. Al mismo tiempo, las emisiones adicionales de carbono del Ártico hacen más difícil el desafío de mitigar el calentamiento mundial”.

Los efectos más visibles que produce este proceso en Alaska son: desaparición del hielo marino, cambio en el hábitat de la vida salvaje y crecimiento del nivel del mar, –una amenaza para los pueblos nativos que viven en zonas cercanas a la costa–. Además de liberar gases de efecto invernadero, la descongelación del permafrost causa graves estragos en la infraestructura del lugar ya que cuando el hielo pierde volumen y se convierte en agua, el terreno tiende a alterarse. “La desestabilización del suelo es una consecuencia muy grave que, además, supone un gasto importante para Alaska y otras áreas con permafrost que se calienta. Sin embargo, a largo plazo, el potencial de las áreas con permafrost para contribuir a las emisiones de gases de efecto invernadero también es motivo de preocupación”, concluye Scambos.

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