Los ocho naufragios del canal Segarra-Garrigues

Article publicat a l’edició digital del diario La Vanguardia el passat 8 de novembre, per Antonio Cerrillo.

El regadío Segarra-Garrigues es una obra concebida con mentalidad de siglo XIX pero que tiene problemas para encajar en una época que exige ahorro de agua y austeridad económica. De ahí sus retrasos y sus continuos naufragios. Los problemas financieros y de viabilidad económica (fruto de las restricciones crediticias a la Generalitat), el bajo ritmo de incorporación de nuevos regantes (que han de asumir un 30% de los pagos) y la disponibilidad real del agua en el futuro son algunos de los factores que cuestionan su viabilidad futura, según el informe hecho público hace unos días por el Consell Assesor de Desenvolupament Sostenible (CADS).

La detención de Josep Antoni Rosell, director general de Infraestures (la empresa de la Generalitat encargada de promover ésta y otras obras públicas) ensombrece más esta obra faraónica. Con ella, las comarcas de Lleida serían un vergel; pero la UE vigila como un Gran Hermano que se cumplan las sentencias europeas que exigieron en el 2007 abrir hueco también a las aves esteparias que prefieren el secano.

1. Retrasos y sólo un 11% de hectáreas adheridas al riego
La Generalitat ha invertido hasta octubre unos 700 millones en las obras de la red secundaria del regadío (encargada de transportar el caudal hasta las fincas desde el canal central, construido por el Estado). Lo gastado suma un 65% del presupuesto del proyecto (encargado a un grupo de empresas por 1.069 millones). Pero sólo hay compromisos de los agricultores para regar 7.840 hectáreas (ha), que son las adheridas al convenio (un 11,4% de las 68.941 ha de superficie máxima prevista). El regadío potencial cubre 13.600 ha, pero en la práctica sólo se riegan 5.762 ha porque muchos regantes aún deben hacer adecuaciones en su finca. La obra tenía que estar concluida en el 2012, pero se ha frenado la aportación de la Generalitat y no podrá estar acabada antes del 2022.

2. Regantes desconfiados
“El ritmo de incorporación de regantes y de superficie regable ha sido más lento de lo esperado en las previsiones iniciales”, resalta el informe del CADS. Muchos regantes potenciales (en gran parte, explotaciones pequeñas o familiares) se han mostrado reacios a adherirse al regadío. Ven incierta la recuperación de la inversión. El coste del agua y el envejecimiento de la población (sin relevo generacional) son elementos disuasorios. Además, algunos cultivos de secano (viña, olivo, almendra) ganan prestigio y tienen un elevado valor añadido, sobre todo si están integrados en una zona con denominación de origen, con lo que para el agricultor ya no es tan atractiva la transformación en regadío.

3. Cuando las cuentas no salen
“Es posible -considera el informe del CADS- que los cálculos sobre el rendimiento de la inversión sean demasiado optimistas y que pocos regantes potenciales, especialmente entre las pequeñas explotaciones, aporten la parte de la inversión que les corresponde”.
Una razón del payés para invertir es que el suelo con regadío se revaloriza; pero muchas tierras ya están activas en secano, y por tanto los propietarios sólo deciden en función del incremento de renta. Además, se requiere una inversión media de 54.000 euros más IVA para una finca con una superficie media de 17 hectáreas.
“Mucha gente hace números y no le salen las cuentas para hacer la conexión al Segarra-Garrigues”, resume el agricultor Justo Minguella. “El precio unitario del agua de riego es más caro para las explotaciones que tienen menos dotación de agua y que ahorran más”, añade. Por eso, algunos regantes de la zona de Vilagrassa (la comunitat del Canalet de Tàrrega) quieren saltarse la conexión al Segarra-Garrigues y coger agua del Canal d’Urgell.
“Conectarse al Segarra-Garrigues cuesta 3.100 euros por hectárea, mientras que nuestra conexión nos sale por 1.800 euros por hectárea, y sin subvención”, añade Minguella, quien recuerda que la Generalitat paga el 70% y el payés, el 30% restante.

4. El agua no está garantizada
El sistema del Segarra-Garrigues no tiene garantizada el agua si este regadío alcanzara su pleno desarrollo. Con esta rotundidad se manifiesta el informe del CADS. Ahora tiene asignados provisionalmente 116 hectómetros cúbicos (hm3) y la dotación máxima futura necesaria es de 309 hm3.
De hecho, el caudal del río Segre “no permite alimentar los canales de Urgell y Segarra-Garrigues” si este último alcanza su pleno rendimiento. Para conseguir esos 309 hm3, habría que aprovechar agua del Noguera Pallaresa para el Segre y modernizar el riego del Canal d’Urgell, costosísimas medidas que son difícilmente realizables si las deben asumir los regantes. Además, se prevé que el cambio climático reduzca el caudal en las cabeceras del Segre y las Nogueras hasta un 10% para el período 2011-2041 y hasta un 25% entre el 2041-2100.

5. Fallos judiciales por no proteger las aves esteparias
Buena parte de los retrasos tienen que ver con el terremoto provocado por las dos sentencias del Tribunal de Justicia de Luxemburgo, que comportaron la obligación de crear nuevas zonas de especial protección para las aves (ZEPA) en detrimento del regadío intensivo. Fue un shock. Durante años, agricultores y políticos no lo asumían. Pero al final, tuvieron que sacrificar riegos intensivos y sustituirlos por otros de apoyo (con menos dotación de agua) para no transformar los hábitats de las especies esteparias (sisón, ganga ortega, ganga vulgar, calandria…).
Además, los planes de gestión activa derivados de la nueva declaración de impacto ambiental del canal comportaban que la Generalitat arrendara 3.400 ha en seis años, pero hasta ahora los planes sólo se han desarrollado en 875 ha (el 26% de lo previsto) debido a las restricciones de las finanzas públicas. “Esto es muy poco”, dice Cristina Sánchez, delegada de la Sociedad Española de Ornitología en Catalunya. “Se necesitan zonas yermas para la ganga común o la ganga ortega, y cultivos de secano para el sisón, por ejemplo”, añade.

6. Obras diseminadas sin uso que se pueden deteriorar
“Las obras se han hecho en función de los intereses de las constructoras. Lo que han hecho no se corresponde sólo a un proyecto de rentabilidad agrícola”, opina Ignasi Aldomà, profesor de Geografía de la Universitat de Lleida. “Se han hecho muchas balsas de regulación sin ton ni son”, remacha Josep Maria Escribà, agricultor de Belianes e impulsor del Compromís per Lleida. La mala planificación ha diseminado en el territorio balsas de regulación y otras infraestructuras que aún no pueden ser empleadas. “Algunas de estas balsas no se tenían que haber hecho y tardaremos a lo mejor diez años hasta que nos sean útiles”, admitió en su momento a este diario Joan Lluís Quer, presidente de Infraestructures de Catalunya. Ahora el peligro es que se deterioren.

7. Payeses que se quejan de que no se ha contado con ellos
“Las obras se han hecho sin contar con los agricultores”, opina Escribà. Se ejecutaron primero donde eran más fáciles de realizar y luego se buscaba la adhesión de los payeses para llevar el agua, pese a que son ellos los que deben amortizar un 30% de la inversión con la tarifa del agua que consumen. Ahora, para evitar más obras sin visos de ser utilizadas a corto plazo, la Generalitat exige un 80% de adhesiones de los agricultores antes de iniciar un sector de riesgo. Joan Luís Quer sostiene que las obras más importantes y voluminosas ya están hechas (balsas, estaciones de bombeo) y quedan arterias capilares, de menor coste. “Ahora, con poca inversión se podrán ya regar muchas hectáreas”, coincide Josep Maria Jové, presidente de la comunidad de Regantes del Segarra-Garrigues.

8. Modelo agrario cuestionado
La obra consagra el hiperproductivismo agroindustrial, dicen sus críticos. “El regadío sólo tiene sentido si, además de servir a la gran transformación agroindustrial, ayuda a las explotaciones familiares”, dice Ignasi Aldomà. En este modelo, la concentración parcelaria agrupa fincas para cuadrar los riegos, pero trastoca el territorio. Así, un paisaje diverso en contrastes y rico, con bancales de piedra, arboledas y campos, se transforma en espacios uniformes, alfombras verdes de maíz sin biodiversidad. La otra imagen denostada es la bajísima retribución a los jornaleros de la fruta. “No tiene sentido que el agua sea para plantar maíz para alimentar a los cerdos”, dice otro experto contrario a que se puedan regar eucaliptus u otros cultivos intensivos en agua.

Ahora es el tiempo abonado para recoger propuestas para dar al canal otros usos, para salvar la inversión, como la posibilidad de que sirva como infraestructura de emergencia si la región de Barcelona debe afrontar una sequía.

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