Los ríos están exhaustos

Article publicat a l’edició digital del diari El País del passat 17 d’agost, per J. A. Aunión.

La mitad de las aguas españolas no cumple los objetivos marcados por Europa para 2015
El reto es hacer compatible la ecología con su explotación económica

El río Ebro hace un gran meandro de cinco kilómetros al noroeste de la provincia de Tarragona, muy cerca de su límite con Zaragoza. A finales del siglo XIX la industria alemana decidió colocar allí una gran fábrica química que dio un vuelco social y económico al municipio de Flix. A cambio, convirtió el río en un vertedero que hoy, más de 100 años después, se está limpiando.

flix

En la imagen que corona estas líneas se puede ver la barrera construida alrededor de la zona contaminada y la evidente diferencia de color con el agua de fuera. Los trabajos para sacar casi un millón de toneladas de residuos (compuestos organoclorados, metales pesados y elementos radiactivos) empezaron en marzo de 2013 y terminarán el año que viene con un coste de 165 millones de euros. De ellos, la UE pone el 70% y Ercros, la actual dueña del complejo (la empresa ha cambiado de manos varias veces a lo largo del siglo XX), en torno al 6%.

Pero la de Flix es algo más que una historia de vertidos y de lo difícil que es poner en práctica esa máxima de la normativa ambiental que dice: quien contamina paga. Porque allí se amontonan en apenas unos pocos kilómetros casi todos los ejemplos de las luces y las sombras de la salud hídrica de España: vertidos; presas que dan energía y alimentan campos de cultivos, pero emponzoñan residuos y dejan casi ahogados tramos de cauce; especies invasoras, pero también espacios naturales…

Casi la mitad de las aguas españolas (el 45% de las superficiales y el 50% de las subterráneas) están por debajo del buen estado de calidad que marcó en el año 2000 la Directiva Marco del Agua como objetivo para 2015, según el repaso hecho por este diario a los planes de cuenca. Una planificación que el Gobierno terminó el mes pasado (se aprobaron los textos para el Júcar y el Segura), con más de cuatro años de retraso y tras una condena del Tribunal de Justicia de la UE con amenaza de multa millonaria.

¿Están bien o están mal los ríos? Ofrecer una imagen común es altamente peliagudo y habría que recurrir al socorrido ‘de todo hay’. En general, explican Abel La Calle y Francesc La-Roca, de la Fundación Nueva Cultura del Agua, están bien e, incluso, muy bien en las cabeceras, pero sufren un estrés hídrico generalizado (cuando se extrae más del 20% del agua disponible), según la Agencia Europea del Medio Ambiente. La cifra es del 31%, la quinta más alta del continente, solo por detrás de Chipre, Malta, Italia y Bélgica, y con situaciones extremas en las cuencas internas de Cataluña, Júcar, Segura, Guadalquivir, Guadiana, Tajo y Baleares.

Algo que temer, algo que cuidar

Esta es la particularidad española dentro de un continente en el que los ríos se estaban maltratando de tal modo que en 2000 la Comisión Europea aprobó la Directiva Marco del Agua, después de años de procelosa negociación, para “proteger las aguas tanto en términos cualitativos como cuantitativos y garantizar así su sostenibilidad”. La idea era que, sin esa protección, los ríos pronto dejarían de producir suficiente agua de buena calidad, lo que no solo comprometería el medio ambiente, sino que tendría gravísimas consecuencias económicas.

“La gente siempre ha vivido de espaldas al río”, dice Pere Muñoz, exalcalde de Flix (3.900 habitantes), a pesar de que el municipio nació y creció al abrigo del agua. Pero tradicionalmente se ha visto como una gran despensa que provee y a la vez se lleva aquello que no se quiere, algo que temer (si falta o si sobra) más que algo que merece la pena conservar. Sin embargo, cuenta Muñoz en una terraza del pueblo en una veraniega mañana, la cosa empezó a cambiar hace 10 años, a medida que se vio que el modelo de la fábrica química no aguantaba más, que la industria “no se merecía que el pueblo fuera su escudo humano”, por más que hubiera sido su sustento durante tantos años.

En España y en el continente, la conciencia al respecto ha crecido en la última década. El 47% de los europeos dijeron en 2005 que su mayor preocupación medioambiental era la contaminación del agua (el 52% de los españoles); y en 2012 el 44% creía que la calidad de los ríos había empeorado (el 52% de españoles).

Desde la Comisión Europea suelen echar mano de estas encuestas para empujar el complicado desarrollo de la directiva, que obliga a los países miembros a fijar un estándar alto de calidad para todas sus masas de agua (cada tramo de río, lago, embalse), teniendo en cuenta el estado químico (los contaminantes) y el ecológico (según la flora y fauna). En cuanto a las aguas subterráneas, se mide la contaminación y la cantidad de reservas, es decir, si lo que se extrae es más de lo que se renueva.

El objetivo es que todas estén en buen estado en 2015. Sin embargo, la propia norma, siendo realista, permite a los Estados establecer —justificándolo bien— prórrogas hasta 2021 o 2027 si las dificultades técnicas, económicas o naturales así lo aconsejan. Permite, incluso, fijar exenciones totales, objetivos menos rigurosos, si se considera que tampoco podrá lograrse esa buena calidad dentro de 13 años.

En España, la mayoría de las masas que no cumplen ahora (los datos son 2012 y 2013) tampoco se prevé que lo hagan el año que viene. En 136 casos (entre ríos, embalses, aguas subterráneas…) se ha renunciado al buen estado en 2027. En todo caso, esa previsión está en el aire: la directora general del Agua del Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente, Liana Ardiles, admitió recientemente que faltan 9.000 millones en “depuración y saneamiento” para alcanzar los objetivos, y que espera acordar con la UE criterios más laxos para fijar exenciones.

A pesar de todo, el ministerio asegura que, comparativamente con otros países europeos, en España hay “un grado de conservación alto”. Por supuesto, hay zonas que están peor (Italia o Reino Unido), pero también muchas otras que están mejor (Austria, los países Este).

Fábricas, presas y mejillones en Flix

“No es una cuestión de botella medio llena o medio vacía, porque los porcentajes se sitúan claramente del lado vacío”, responde Francesc La-Roca, también profesor de la Universidad Valencia. El experto enumera una serie de problemas comunes en los cansados ríos españoles, esos que se pueden repasar dando una vuelta por el Ebro a la altura de Flix.

El paseo empezaría en la centenaria fábrica electroquímica, que ocupa unas 19 hectáreas (como otros tantos campos de fútbol) en la margen derecha del cauce, y que descargó durante décadas vertidos industriales. “El problema general es que la depuración de las aguas residuales no es suficiente”, señala el investigador del CSIC Damià Barceló. España también se enfrenta a multas millonarias por incumplir la normativa europea de depuración y el Gobierno ha anunciado la construcción de 400 depuradoras en los próximos años, con una inversión de entre 1.100 y 1.400 millones de euros. Alberto Fernández Lop, de WWF, insiste en que “la construccion de depuradoras en sí mismo no es garantía de mejora”, pues recuerda los problemas de gestión y mantenimiento que se están produciendo en numerosos pueblos que no pueden hacerse cargo de esas infraestructuras una vez construidas.

Pero, además, hay un problema extendido que nos puede combatir con depuradoras: el de la contaminación difusa, procedente de grandes zonas de suelo de cultivo o ganadero. Se trata de “exceso de nitratos y fertilizantes en general, y purines [mezcla de defecaciones animales, comida y agua] que vierten directamente a ríos y aguas subterráneas”, explica Barceló.

La situación se agrava cuando los ríos tienen muchos obstáculos y en España los tienen. “Existen más de 1.231 grandes presas. Pero además existen más de 8.000 pequeños obstáculos, muchos de ellos en abandono manifiesto, obsoletos y sin concesión de aguas”, enumera Fernández Lop. Las presas provocan cambios bruscos en la cantidad de agua en función de si hace más o menos falta para regar o para producir energía, lo que daña la flora y la fauna del río, sobre todo, si se invierten los ciclos naturales, con más caudal en verano que en invierno.

En Flix hay una presa a poca distancia de la fábrica química, río abajo. Se construyó a finales de los años cuarenta para cubrir las crecientes necesidades eléctricas del complejo. Esa barrera provocó que los despojos químicos se fueran acumulando en el lecho y dejó desde aquel momento todo el meandro casi sin caudal. Esto reduce su capacidad de arrastre y, con ello, de autolimpieza, con los consecuentes malos olores y algún que otro problema de salud, dice el exalcalde Pere Muñoz.

El embalse, además, se ha usado y se usa para dar agua a campos de regadíos; entre este y los pantanos cercanos de Ribarroja y Mequinenza abastecen miles de hectáreas. Pero este uso se ha visto comprometido en distintos momentos por la presencia de la especie invasora del mejillón cebra, un pequeño bivalvo de agua dulce que puede traer consigo gravísimos problemas ambientales y económicos al provocar cambios drásticos en la fauna y la flora y la obstrucción de cañerías.

La especie se ha extendido en España desde 2001 por el Ebro, la vertiente cantábrica, el Júcar y el Segura, porque “cada día es más habitual contaminar nuestras aguas con especies exóticas y porque nuestros ríos están cada vez más regulados, y los embalses les encantan a los mejillones cebra”, escribía en estas páginas en 2006 Rafael Araujo, especialista del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Ese bivalvo se enfrenta a una estrategia del Gobierno para su control, pero en todo el país hay catalogados 200 invasores, algunos de ellos, como el siluro, el camalote o la almeja asiática, que rompen el equilibrio de los ecosistemas y alejan la posibilidad de alcanzar el buen estado.

Pero el paseo por Flix terminaría, quizá para sorpresa de alguno, en una reserva natural, la del Sebes, que está casi enfrente del complejo industrial, al otro lado del río. Se trata de un espacio de 250 hectáreas que alberga una impresionante biodiversidad y un humedal capaz de depurar por sí solo, de forma natural, 300.000 metros cúbicos de agua. Pere Josep Jiménez, su director, habla de casualidades en una de las cabañas de avistamiento de pájaros del parque. Cuenta que los lugareños fueron abandonando los cultivos de aquella zona para volcarse en la industria, lo que permitió que aquel trozo de naturaleza —que al estar río arriba no se vio afectada por los vertidos— reviviera. “Los sistemas fluviales tienen una capacidad de recuperación altísima. Pero, claro, se requiere inversión, apoyo social y decisión política”, señala.

Intereses difíciles de conciliar

La decisión política, al menos en el ámbito europeo, se tomó hace ya 14 años con la Directiva del Agua. Pero su aplicación en España está siendo espinosa, de ahí el retraso en la aprobación de los planes de cuenca que debían estar en vigor desde 2009. La mayor parte del trabajo se ha hecho en últimos dos años y medio, solapándose con la redacción de los planes para el próximo periodo: 2015-2021.

El actual Gobierno, del PP, se felicita a sí mismo por su rapidez y culpa del retraso al anterior Ejecutivo, del PSOE. Este no logró acuerdos por culpa de las llamadas guerras del agua, que enfrentan a unas comunidades con escasez (las del sureste) a otras con abundancia (centro y norte), azuzadas entonces y apaciguadas ahora, recalcan los ecologistas, por las comunidades gobernadas por el PP.

“España tiene que acabar con la guerra del agua entre regiones”, decía en 2012 Janez Potocnik, comisario europeo de Medio Ambiente, en una entrevista en la que recalcó que en este país “el agua es un problema serio”.

Son muchas las fuerzas que empujan en direcciones contrarias: la agricultura de regadío, que genera en torno al 2% del PIB y el 4% de los empleos, pero se lleva al menos el 68% del agua que se consume cada año; la industria hidroeléctrica, que forma parte de un sector energético que aporta el 3,6% del PIB y el 1,4% del empleo; el abastecimiento para consumo humano, que a veces requiere almacenar para momentos de escasez, secando tamos de río; la industria, el turismo, la acuicultura, la pesca…

“Todo puede ser compatible, si se aplica el sentido común”, insiste desde la Reserva de Sebes Pere Josep Jiménez. “No digo que no tenga que haber industria, pero tiene que cumplir”. La idea general de la directiva europea, explica Fernández Lop, de WWF, es pasar de una política centrada en asegurar las demandas (riego, energía…) a otra que limite todo para que no se ponga en peligro la buena salud de los ríos. ¿En qué se traduce eso? En contaminar menos y castigar más a quien lo haga, quizá eliminando barreras en los ríos (en el Duero ya se está haciendo) y tal vez reestructurando el mapa de regadíos. Probablemente habrá que buscar nuevas soluciones. “Yo creo que en España hay recursos de sobra, pero no están bien organizados; por ejemplo, se ha investigado y trabajado muy poco con las reservas subterráneas”, dice Fernández.

La transición no parece fácil, al menos en Flix. La fábrica que hizo de la zona un lugar floreciente está hoy de retirada. Apenas funciona una pequeña parte —de más de 1.000 trabajadores hace unos años, hoy quedan 150— y los habitantes del municipio dan por hecho que, cuando termine el trabajo de limpieza, se apagará casi completamente. La vieja colonia que se construyó junto al complejo a principios de siglo XX para los trabajadores —bellas casitas con jardín para los ingenieros, más modestas para otros empleados, un casino que replica la estación de Frankfurt— es víctima hoy, en buena parte de su extensión, del abandono y el olvido, dando fe de esa decadencia. El exalcalde Pere Muñoz no cree que el incipiente turismo o la agricultura puedan llegar a reemplazar lo que supuso económicamente la fábrica.

¿Cuál es la alternativa? Muñoz se encoje de hombros. Habrá que inventar.

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