La regulación del agua en la historia de los pueblos y su identidad cultural

Article publicat a la secció de blogs d’iAgua.es d’avui divendres 24 de gener, per Consuelo Mora.

Desde los albores de la humanidad, a partir de las comunidades nómadas, pasando posteriormente a establecerse como comunidades sedentarias en el Neolítico, los seres humanos procuraban instalarse en las cercanías de las aguas, a lo largo de las laderas de ríos y mares. De hecho, muchas de las metrópolis importantes del mundo crecieron a lo largo de las orillas de ríos o mares, como es el caso de Londres, París, Barcelona, Nueva York, Calcuta, Shanghai y muchas otras ciudades.

La importancia del agua como medio de transporte y como recurso económico, muestran que las aguas continentales fueron decisivas en la determinación de la organización espacial y la distribución de los asentamientos humanos. En la actualidad, aproximadamente el 3% de la superficie terrestre está ocupado por zonas urbanas que se concentran principalmente a lo largo de las costas y vías navegables de los continentes.

Las civilizaciones más avanzadas de la antigüedad, florecieron en las llanuras de los grandes ríos: Amarillo (en China), Tigris y Éufrates (en la antigua Mesopotamia, actualmente Irak,) Nilo (Egipto) e Indo (en Pakistán). En estas sociedades el agua era abundante y ampliamente utilizada en la agricultura, el sector más significativo para el desarrollo económico. Sin embargo, no todos los asentamientos humanos se desarrollaron en zonas que contaban con elevados recursos hídricos. Varias fueron las civilizaciones que crecieron en lugares sin cursos de agua abundantes, en zonas áridas o semiáridas: como es el caso de Irán, quien tuvo que crear mecanismos para la obtención de agua, donde la construcción de qanats, diseñado e implantado en el siglo V a. C. permite la extracción de aguas subterráneas, a través de un sofisticado sistema de galerías subterráneas para las actividades agrícolas y para uso doméstico. En la actualidad, todavía existen aproximadamente 22 mil qanats, de los cuales, muchos de ellos se siguen utilizando. Este sistema de captación de agua de qanats, se extendió rápidamente a través de la India, Arabia, Egipto, África del Norte, Estados Unidos y España (1). Otros hechos más antiguos apuntan a la existencia de pozos excavados en Mesopotamia, 8000 años a. C., donde los sumerios desviaban el curso de los ríos y construían embalses con canales de drenaje y sistemas de distribución de agua para riego agrícola. En fin, que el uso y control del agua se remontan hace más de 20.000 años.

Así pues, el hombre a lo largo de la historia ha intentado evitar y hacer frente a las dificultades ambientales, como las sequías e inundaciones, y al inexorable crecimiento de la población, adoptando medidas para controlar o dominar el agua, captándola tanto a nivel subterráneo (en pozos y minas) como a nivel superficial (en Lagos, ríos y embalses). En este sentido cabe señalar, que la primera presa conocida, El-Kafara, situada cerca de El Cairo, se construyó hace ya unos 4800 años.

Asimismo resulta oportuno indicar que en la antigua Grecia, desde el siglo VI a. C., ya disponían de tecnología para la captación y distribución de agua a largas distancias. Sin embargo, ninguna civilización se puede comparar a la romana, en cuanto a obras hidráulicas y de saneamiento, pues ellos fueron maestros en la construcción de acueductos, como el de Segovia en España. Sus cálculos hidráulicos rigurosos, hoy siguen causando admiración y sus construcciones permanecen casi intactas, mientras que los edificios de los años 60 se están desmoronando en muchas ciudades del mundo. Resulta pertinente mencionar que los romanos atribuían gran importancia al manejo y cuidado del agua, por lo que hace más de 2000 años, contaminarla era considerado como uno de los peores crímenes, lo que demuestra la educación ambiental de los habitantes que se aliaban con la reutilización racional del agua. Por consiguiente, queda demostrado que a lo largo de la historia, el hombre se ha adaptado a las circunstancias de su entorno, desarrollando mecanismos para intentar solucionar las adversidades y los problemas de su vida cotidiana, con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de las sociedades, y esto lleva implícito la construcción de obras hidráulicas.

De igual modo, resulta adecuado hablar de la importancia del agua desde una perspectiva supersticiosa o mágica, ya que por necesidades biológicas todas las culturas se han desarrollado próximas al agua, mas la forma como influyó en cada una de ellas marcó de diferente modo su pensamiento y su compresión ante la vida: por ejemplo, los pueblos del hemisferio norte, se sentían intimidados por la fuerza del agua, donde los mares, las tormentas y nieblas invitaban a espíritus vengativos, en cambio, las culturas que se desarrollaron en las zonas más áridas veían el agua como un bien escaso. El mar, el agua y la fuerza de las olas, fueron el origen de los primeros mitos que infundió terror y veneración a los seres humanos, de donde surgieron divinidades como Poseidón, Neptuno, Océano, Dagón, Titas y dioses de cuyos caprichos dependían los destinos de los hombres. Los ríos fueron interpretados como serpientes gigantes capaces de dar o quitar la vida a los navegantes. El lago Titicaca (2), en Perú, a más de 3800 metros sobre el nivel del mar, es considerado un lugar mágico, un lugar sagrado para los Incas y para los pueblos antecesores como los Tiwanaku, donde los chamanes invocan a los dioses en los altares ceremoniales; un lugar donde abundan mitos con más de 4 mil años.

Sin embargo, no sólo son las antiguas religiones las que presentan el agua como el culto de su origen, para las grandes religiones monoteístas el agua desempeña un papel fundamental. El mundo Islámico, nacido en una zona árida de la península arábiga, valora el agua como un tesoro, tanto es así, que todo “buen” musulmán lava sus manos antes de las cinco adulaciones diarias para presentarse purificado ante Dios. En el cristianismo, el agua tiene un papel preponderante, ya que es el bautismo, lo que abre las puertas del Reino de Dios. En la Biblia, la palabra agua aparece 582 veces en el Antiguo Testamento y unas 80 en el Nuevo Testamento. El Judaísmo, que se basa también en la Biblia, utiliza los ritos de purificación a través del agua. Para los judíos, el mikve es un baño ritual, en una fuente de agua natural, que permite restaurar un estado de pureza, para el encuentro con Dios, especialmente, antes de las principales fiestas y bodas. En el budismo, en cambio, los rituales son prácticamente inexistentes y el agua es valorada como la energía positiva que está constantemente en movimiento.

No obstante, los pueblos están llenos de rituales y creencias. En la cuenca del Río Sepik, en Nueva Guinea, todavía hoy se venera al cocodrilo marino (el mayor reptil del mundo) con una existencia de más de 40 mil años que rápidamente se convirtió en una deidad para aterrorizar a los habitantes de la costa. Actualmente, se celebran fiestas según la creencia del pueblo Kaningara, en el que preparan la “Casa de los espíritus” para la ceremonia de los hombres-cocodrilos, donde los jóvenes son sometidos a cortes en la piel, que después de la cicatrización se asemeja a la de un cocodrilo. Según la creencia de este pueblo, el gran reptil creó la tierra a partir del agua, abriendo una gran grieta en la que copuló, y de esta unión nacieron las plantas, los animales y los seres humanos.

En África, el simbolismo de la relación del hombre con el medio ambiente es de suma importancia, por la enorme diversidad de grupos étnicos que han desarrollado sus propios rituales. Por ejemplo, en Costa de Marfil, la tribu de los Uni, considera que hay un grupo de mujeres que constituyen una sociedad secreta, que tienen poderes curativos y que utilizan el agua en ceremonias para invocar las fuerzas místicas.

Otra forma de veneración a los océanos y ríos, presentes en todo el planeta, es el culto a seres mitológicos de la naturaleza hídrica, como las sirenas, cuya imagen es Mami Wata para los fieles de Abidján (un pequeño pueblo al sur de Ghana), La Madre Agua, nombre sagrado africano que ha sobrevivido miles de años y sigue vivo en las religiones africanas como en la muñeca de Vudú.

Los espíritus del agua existen en las mitologías de todo el planeta. En los ríos de Europa Central viven las Nixies (con cuerpos blancos y pelo verde); en los países nórdicos, las llaman Undines; para los griegos son las Nereidas (hadas marinas); en la India, Apsáras; en Rusia, Rusalkas y en el norte de España son las Xanas, que cuidan de las aguas.

Muchos son los hechos históricos que expresan los vínculos y las interacciones de los seres humanos con el agua, que mezclada con las supersticiones de los pueblos tejen las culturas que aún prevalecen. Ejemplo de esto son los Bajau, más conocido por los gitanos del mar, porque viven en los barcos, en la isla de Sulawesi, en Indonesia, y se niegan a abandonar sus “hogares”, a pesar de que el gobierno les proporciona viviendas y escuelas para sus hijos. Parece que a comienzos del siglo VXII empleaban el mar para escapar de las guerras, y su medio de transporte finalmente se convirtió en refugio permanente. Las personas mayores ya no caminan y tienen las piernas atrofiadas. También para huir de las guerras, las luchas tribales, los ancestros de la etnia Fon, los “Toffinous” (u hombres del agua) construyeron casas en el agua, para estar a salvo de los ataques de los invasores, en la ciudad de Gavié, en Benin, ahora conocida como la Venecia de África.

(1) Se conocen por diferentes nombres en diferentes regiones: en Afganistán y Pakistán son conocidos como karezes; en el norte de África como foggaras y Emiratos Árabes Unidos como falaj.

(2) El lago navegable más alto del mundo y el segundo más grande en América del sur.

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