De Troya al toples: vida de un mar

Article publicat a l’edició digital del diari El País d’avui dimecres 22 de maig, per Jacinto Antón.

El historiador David Abulafia publica ‘El Gran Mar’, una monumental historia del ‘mare nostrum’
“En sus aguas se mezclan Europa, Asia y Africa, y tres grandes religiones”, asegura

El mar, el mar. El mismo mar al que han cantado Homero y los Manel, el mar de los fenicios, el que navegaron las flotas de Cartago y las trirremes de Roma, el mar de los piratas berberiscos y de las galeras venecianas, de los torpedos tripulados italianos, de las pateras y del turismo de masas. Al mar Mediterráneo, “el más importante de la humanidad”, el más civilizado de los mares, aunque no poco ensangrentado, ha dedicado su último libro el historiador británico David Abulafia (Twickenham, 1941). El Gran mar, una historia humana del Mediterráneo (Crítica),es una obra monumental, de casi 800 páginas, rebosante de información: ¿Habían oído hablar de los audaces corsarios uskok de Senj que operaban hacia finales del XVI desde las islas y ensenadas de la hoy tan transitada costa dálmata como unos “Robin Hood del mar” y a los que los venecianos trataron de erradicar dejando que capturaran un carguero lleno de vino envenenado? En el libro los encontrarán.

Arranca Abulafia con los primeros atisbos de población en sus orillas, hace más de 400.000 años, para centrarse en el primero de los cinco grandes períodos en que divide la historia del Mediterráneo, del 22000 antes de Cristo al 3000 a. C., y conducirnos después hasta casi ayer mismo. El recorrido —la navegación está tentado de decir uno— deja boquiabierto por lo extenso y ambicioso: si es que vamos desde las playas de Troya sembradas de guerreros aqueos hasta las de Marbella o Saint-Tropez cubiertas de toallas, desde las acrobáticas saltadoras de toros minoicas de pecho desnudo de las pinturas de Cnossos hasta las jóvenes en topless que como nuevas Nausicaas —aunque la princesa feacia era más recatada, el que iba en pelotas era Ulises— se bañan en las soleadas riberas.

“Es cierto”, ríe por una vez Abulafia, hombre de seriedad acorde con el tamaño de su libro y su apellido de cabalista, al señalársele esa delgada ola que lleva de las antiguas sacerdotisas cretenses a las modernas turistas. Prefiere en todo caso esa visión que la del mar de sangre, de la batalla del cabo Ecnomo, de Lepanto, de Aboukir, de Anzio. “Creo que no hay que insistir mucho en los conflictos. Me ha sorprendido ver que en el Mediterráneo ha habido más paz y cooperación de lo que creemos. Ha prevalecido mucho más el comercio que las hostilidades. En el libro hay más de lo uno que de las otras”.

“A veces no se sabe muy bien de qué se habla al hablar del Mediterráneo”, continúa Abulafia. “Yo he querido hacer la historia de la gente que vivía en sus costas, mojaba los pies en sus aguas y lo navegaban, concentrarme en el movimiento de esa gente”. En la conversación aparece enseguida Braudel, el historiador de referencia del Mediterráneo como Duby lo es de las catedrales. “Las diferencias entre nuestros libros son muchas. Él extendía su historia del mar mucho más allá de las orillas, la mía es más restringida. Él señaló un determinismo físico que yo rebato”. Abulafia destaca en su historia la diversidad. “Sí, dentro de una unidad, el tema del libro de hecho son esas fases distintas de lo que llamo integración, la creación de los vínculos, redes, que cubren todo el Mediterráneo, con un único periodo de integración total que sería en la época del imperio romano”.

¿Qué diferencia hay entre el Mediterráneo y otros espacios similares? “Hay otros mares, el Caribe, el Báltico, casi cerrados, pero el Mediterráneo tiene una característica física: es muy largo y muy estrecho y es fácil cruzarlo de norte a sur. Es, además, el único mar en el que tres continentes interactúan: Europa, África y Asia. Y en sus aguas se reflejan las tres grandes religiones monoteístas”. En su libro, Abulafia parece mostrar más inclinación por los fenicios que por los griegos. “Los fenicios significan el primer momento en que podemos identificar navegantes del este al oeste del Mediterráneo e incluso más allá, hasta Cádiz. Los griegos siguieron sus vías”.

Curiosamente, visto el objeto de sus desvelos, Abulafia no navega. “No, aunque he cruzado innumerables veces el Mediterráneo. Eso refleja la fase de la historia del Mediterráneo en que estamos: lo habitual es sobrevolarlo en avión. Para nosotros es algo asumido que podemos cruzar el mar en horas o minutos. El frente marítimo ha dejado de ser una frontera compleja. El mar ha desaparecido en cierta manera”. Lo dice como si fuera una pena. “En cierto modo. El mar sigue siendo sustancial para el transporte de mercancía pero ha perdido importancia como espacio de viaje, excepto en el caso de los cruceros, que son otra historia y que no creo que transporten muchas ideas, como sí hacían las naves fenicias o las galeras genovesas. La última vez que estuve en Barcelona vi cómo en cubierta de un crucero la gente jugaba al golf”.

¿El futuro del Mediterráneo? “Voy a ser pesimista, me parece que se está convirtiendo en un mar muerto. Desde el punto de vista ecológico no hay duda de que cada vez hay menos peces y más pequeños. Como ruta de navegación, con el canal de Suez, es secundaria. Otro problema es que los países de la orilla norte y sur se han desconectado, se ha roto su relación natural. El centro de gravedad política y económica de Europa ha dejado de ser el Mediterráneo y ha pasado más al norte, a Bruselas y Frankfurt. El Mediterráneo se ha vuelto irrelevante. Creo que es un Mediterráneo en estado de desintegración”.

Queda el recuerdo de una gran historia cultural común. “Sí, que se expresaba sobre todo en el movimiento de la gente, desde esclavos a reyes. Había esa gran interacción cultural de la que eran especiales protagonistas ese otro gran grupo, los comerciantes. Influyeron en las modas culturales con lo que transportaban y vendían, pero también en las ideas religiosas”.

En su libro, Abulafia hace una referencia especial a las mujeres. “Podría parecer que en el Mediterráneo las mujeres no se movían mucho, algunas comerciantes, las esclavas…”. Bueno, y Helena de Troya (Abulafia consagra un buen espacio a explicar lo que de verdad sucedió en Troya). “Un caso excepcional”, dice con una sonrisa, “aunque tenemos princesas de Aragón que eran enviadas a Sicilia. Entre las mujeres, es especialmente interesante el caso de Gracia Méndez, una marrana (judía conversa) portuguesa, que ejerció un papel como prestamista y financiera instalada en Venecia y luego en Estambul y realizó importantes contribuciones a la cultura sefardí”. Es evidente que Abulafia, él mismo de origen sefardí, tiene una querencia por la Señora, ha-Gevirah, que financió el asentamiento de judíos en la región de Tiberíades, en la que se instaló su propia familia tras la expulsión de España, para el historiador uno de los momentos más conmovedores de la larga y movida historia del Mediterráneo.

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