Crisis de agua en el planeta Agua: “Un gravísimo problema humano”

Article publicat a l’edició digital del diari La Vanguardia del passat 14 d’abril, per Pedro Arrojo, profesor Emérito del Dpto. de Análisis Económico de la Universidad de Zaragoza.

Según Naciones Unidas, más de 1.000 millones de personas no tienen garantizado el acceso al agua potable, razón por la que mueren unas 10.000 cada día; y ello considerando tan sólo diarreas por contaminación biológica. Ni siquiera se estiman los millones de personas envenenadas, poco a poco, por contaminación tóxica industrial, minera y de pesticidas.

Se habla de Crisis Global del Agua, paradójicamente en el planeta Agua, el Planeta Azul. Ciertamente, la diversidad climática hace que haya lugares áridos e incluso desérticos; pero todos los pueblos se han asentado cerca de ríos, lagos, fuentes o donde las aguas subterráneas eran accesibles. Por ello, aunque se habla de escasez de agua, lo que en realidad afrontamos es una crisis de insostenibilidad que hemos provocado en nuestros lagos, ríos, humedales y acuíferos. Primero han muerto ranas y peces, pero luego han empezado a morir personas; eso sí, siempre en las comunidades más pobres. Hemos transformado el agua, elemento clave para la vida, en el agente más letal jamás conocido.

La construcción de grandes presas ha posibilitado conquistas económicas evidentes, pero no se han tenido en cuenta sus impactos ambientales ni los derechos humanos de los pueblos afectados. La Comisión Mundial de Presas estimaba en el año 2000 que entre 40 y 80 millones de personas han sido sacadas a la fuerza de sus casas y pueblos inundados por las 45.000 grandes presas construidas a lo largo del siglo XX.

Entre 40 y 80 millones… es decir… ni siquiera lo sabemos. Es la invisibilidad de las víctimas, bajo la mordaza del tradicional consenso, en nombre del progreso. Sin embargo, ese drama silencioso y silenciado, se ha transformado en duros conflictos de resistencia de las comunidades afectadas (a menudo indígenas), como en Narmada (India), La Parota (México), Belo Monte (Amazonia brasileña) y tantas otras…

En muchos países, la minería a cielo abierto, como la de oro, contamina las cabeceras fluviales con vertidos y lixiviados tóxicos (cianuros, metales pesados, etcétera.) envenenando silenciosamente a decenas de millones de personas. Se multiplican por ello los conflictos, sometidos a una durísima represión, que incluye el asesinato de dirigentes, como en Cajamarca (Perú), donde ya se han vivido varias huelgas generales.

En otros casos el origen de la contaminación tóxica está en los pesticidas agrarios usados por grandes hacendados tras deforestar millones de hectáreas, en países como Paraguay o Brasil, donde se alzan potentes movimientos liderados por Vía Campesina, el movimiento campesino internacional, es decir, la coalición de 148 organizaciones de unos 70 países que defienden una agricultura familiar y sostenible. En otros casos, es la industria, amparada por leyes permisivas o autoridades corruptas, la que envenena a millones de personas, como ocurre en el Río Santiago, en México, en los entornos de la gran ciudad de Guadalajara, donde ya se levanta un movimiento de indignación y protesta encabezado por las mujeres.

La extracción abusiva de caudales, la desecación de humedales, la tala de bosques y manglares, junto a la fragmentación del hábitat fluvial por grandes presas han quebrado la vida de los ríos, haciendo desaparecer la pesca: la proteína de los pobres. En el Mar de Aral, el Lago Chad, Amazonia, Mekong, Río Amarillo, el Paraná o en los manglares de América, Asia y África, la destrucción de pesquerías conlleva malnutrición y hambre para millones de personas.

A la convergencia de esas dos fallas críticas, insostenibilidad y pobreza, se une hoy la crisis de gobernanza en la gestión de los servicios básicos de agua y saneamiento, provocada por las presiones privatizadoras, que transforman a los ciudadanos en clientes, haciendo más vulnerables aún a los más débiles. Esta mercantilización de derechos básicos, como el del acceso al agua y al saneamiento, hoy reconocido como derecho humano por la ONU, levantó la rebeldía de los más pobres en Cochabamba (Bolivia), con la guerra del agua, para luego extenderse por todo el mundo. Un movimiento ciudadano que tiene una pujante realidad en nuestro país con la RAP –Red Agua Pública– contra la privatización de los servicios de agua y saneamiento y en pro del derecho humano al agua potable y que actúa en multitud de pueblos y ciudades: en Madrid en torno al Canal de Isabel II, en Barcelona a ATLL…

En todo caso el agua, más allá de suscitar la ambición depredadora del hombre, abusando de sus utilidades productivas, puede ser una palanca de poder que ofrece sus perfiles más brutales en contextos de guerra no declarada. Tal es el caso de Palestina, donde Israel mantiene a todo un pueblo bajo el chantaje de la sed y la enfermedad, imponiendo inhumanas cuotas de aguas insalubres, ante la vergonzosa pasividad cómplice de la comunidad internacional.

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