Crisis de Agua en el planeta Agua: “Un bien por fin económico”

Article publicat a l’edició digital del diari La Vanguardia del passat 14 d’abril, per Leandro del Moral, Catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Sevilla.

El agua tiene un inmenso valor simbólico y cultural; está presente en todas las actividades sociales, productivas o lúdicas; desempeña funciones básicas en los sistemas naturales, independientemente de su abundancia o escasez relativa; precipita y fluye por toda la superficie de la tierra. Quizás por ello, el agua es uno de los elementos en los que se ha expresado con más rotundidad la llamada paradoja del valor o del diamante.

A finales del siglo XVIII, Adam Smith la utilizaba para ilustrar la diferencia entre valor de uso y valor de cambio: por una parte, el agua, un bien fundamental para la vida, con un elevado valor de uso, pero inútil para comprar nada, es decir, sin valor de cambio; y por otra, el diamante, perfectamente prescindible, con escaso valor de uso, pero con un elevado valor de cambio. Cien años después, Alfred Marshall, seguía considerando el agua como un don natural, como el aire o el sol. Sin embargo, el propio Marshall advertía de que “al valorar la riqueza de una nación es fácil que se cometan errores. Primero, porque muchos de los dones que la naturaleza ofrece al hombre no se incluyen de ninguna manera en el inventario y, segundo, porque en éste se subestima la importancia de todo lo que, por abundar mucho, tiene un valor pequeño en el mercado” ( El agua como integrante de la riqueza nacional, 1879).

Desde entonces, se ha producido un cambio de perspectiva: el descubrimiento del carácter limitado del agua, sus funciones ecosistémicas fundamentales, su vulnerabilidad a las presiones crecientes del sistema productivo. Desde esta perspectiva de recurso escaso, pero desde una visión mercantil, en 1992, la Conferencia de Dublín aprobó una Declaración en la que se establece: “El agua tiene un valor económico en todos los usos en competencia a los que se destina y debería reconocérsele como un bien económico”.

Sin abandonar la nueva perspectiva de escasez y fragilidad, se han alzando otras voces, como la de la Directiva Marco de Aguas que considera que “el agua no es un bien comercial como los demás, sino un patrimonio que hay que proteger, defender y tratar como tal.” (Directiva 2000/60 CE Marco de Aguas). O como la de la Asamblea General de la ONU, que considera “el derecho al agua potable y el saneamiento como un derecho humano esencial para el pleno disfrute de la vida y de todos los derechos humanos” (Resolución sobre el Derecho Humano al Agua y Saneamiento, A./64/l.63/Rev.1).

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