Agua y paz

Article publicat al diari El Huffington Post el passat 31 de gener, per Cristina Manzano.

Dicen los titulares que el agua será una de las mayores fuentes de conflicto en el siglo XXI. Dicen los expertos que, según demuestra la Historia, no tiene por qué ser así. Garantizar el acceso seguro al agua potable será, en cualquier caso, una de las cuestiones más relevantes para una parte importante de la Humanidad en las próximas décadas.

La última guerra por el agua de la que se tiene noticia tuvo lugar hace 4.500 años, entre las ciudades-Estado sumerias de Lagash y Umma, por las cuencas de los ríos Tigris y Éufrates. Desde entonces, los pueblos parecen haber sido capaces de acabar encontrando arreglos pacíficos cuando lo que estaba en juego era el líquido elemento. Es cierto, sin embargo, que la Tierra nunca había estado sometida al estrés hídrico que la superpoblación y la sobreexplotación de los recursos, el rápido traspaso a las ciudades y el aumento de la calidad de vida están causando sobre el planeta. Tan solo un ejemplo: para obtener un kilo de arroz se requieren 3.500 litros de agua; para conseguir uno de ternera, 15.000 litros.

Aunque los puntos conflictivos están bien repartidos por todos los continentes, Oriente Medio, una zona ya de por sí bastante inestable, reúne un buen número de papeletas. Se calcula que más de la mitad de los 30 Estados que sufrirán escasez de agua hacia 2025 se encuentran en esa región.

Israel -uno de los países, por cierto, más avanzados tecnológicamente en el aprovechamiento, reciclaje y gestión del agua- controla con mano de hierro la que reciben los habitantes de Cisjordania y utiliza el suministro como moneda de presión sobre la población palestina. Sin embargo, un grupo formado por un centenar de políticos y expertos de Líbano, Jordania, Siria, Irak, Turquía, Israel y los territorios palestinos cree que en ese terreno existe una oportunidad para la paz. En su informe Paz azul: repensar el agua en Oriente Medio, proponen una gestión sostenible del agua, basada en la cooperación entre Estados y en la canalización de los excedentes hacia aquellos que más lo necesiten, con lo que se evitarían eventuales conflictos bélicos.

Turquía utiliza también el agua como arma geoestratégica. Por un lado, para asegurarse el suministro de las cuencas del Tigris y del Éufrates, con los consiguientes problemas para sus vecinos; por otro, con la construcción de una auténtica “muralla de agua” a base de presas, con la que neutralizar el paso del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) a través de las fronteras.

En el otro lado del globo, el Tratado del Indo, firmado en 1960, que regula el reparto del agua entre India y Pakistán, ha sobrevivido a tres guerras durante 50 años. Habrá que ver si podrá resistir a los efectos del cambio climático, que está reduciendo el volumen de la nieve del Himalaya que alimenta durante el deshielo los ríos en la época de cultivo y provocando inundaciones que arrasan cosechas; y a los del imparable crecimiento de la población en la India.

Y, como en casi todo, China tiene mucho que decir. Sus insaciable necesidad de energía y de recursos están suponiendo un auténtico desafío al futuro de sus recursos hídricos, al que se suma un grado de contaminación que es origen ya de muchas de las protestas sociales que tienen lugar. Pero, además, su decisión de represar ríos que continúan su trayectoria por otros países, ignorando acuerdos tácitos o explícitos en los que hasta ahora había prevalecido la cooperación, está introduciendo nuevos elementos de tensión en las relaciones con sus vecinos.

A todo ello se suman movimientos como la compra de tierras de cultivos en determinados lugares, sobre todo África, por parte de terceros países para asegurarse el suministro futuro de alimentos… y de agua.

Pese a todas las dificultades, el primer Objetivo de desarrollo del Milenio alcanzado antes de 2015 -la fecha fijada por Naciones Unidas- ha sido el de reducir a menos de mitad la proporción de personas sin acceso sostenible al agua potable. A finales de 2010 un 89 por ciento podía conseguirla por medio de tuberías o pozos protegidos, un gran avance en términos de seguridad y salud. Podría ser cierto que, en torno al agua, es más fácil alcanzar la cooperación. Pero también lo es que nunca antes había sido tan intensa la presión demográfica y medioambiental. Así que sería mejor empezar a incluir el agua en la agenda política antes de que futuras catástrofes nos obliguen a hacerlo.

Una versión más amplia de este artículo ha sido publicada en el último número de Economía Exterior, dedicado al agua.

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