Después de Kioto, el abismo

Article publicat a l’edició digital del diari El País d’avui dilluns 3 de desembre, per Rafael Méndez.

La Cumbre del Clima de Doha arranca el tramo decisivo sin saber cómo y cuándo sustituirá el tratado vigente

El emirato de Catar acogió hace 11 años el inicio de las negociaciones para liberalizar el comercio mundial. La llamada Ronda de Doha fracaso después de ocupar años y años de negociaciones. El precedente planea sobre la 18 cumbre del clima, cuyo tramo ministerial comienza el lunes de nuevo en Doha. No es solo el mal augurio de que el país anfitrión sea el mayor emisor de CO2 por habitante del planeta, sino que las posiciones siguen estancadas. Ante eso, la única opción que queda es prorrogar el protocolo de Kioto -cuyo primer periodo de cumplimiento acaba a final de este año-, aunque se bajen de él Japón, Canadá y Rusia. Así, solo la UE y Australia quedarían con obligaciones vinculantes a la espera de que en 2015 mejore la economía, la concienciación ciudadana o se alineen los astros para firmar un nuevo acuerdo que entre en vigor en 2020 y que, esta vez sí, incluya a todo el mundo.

“Este año tendría que ser un año clave, un Rubicón, al terminar el primer periodo del protocolo de Kioto, pero va a quedar descafeinado”, asume José Luis Blasco, socio de Cambio Climático de la consultora KPMG. En 2007, en la Cumbre de Bali, los más de 190 países que se reúnen bajo la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático (UNFCCC, en sus siglas en inglés) acordaron que en 2009 tendrían un nuevo acuerdo que entraría en vigor en 2013 y que sustituiría a Kioto. Nada de eso ha funcionado. En Copenhague, en 2009, ni la presencia de todos los jefes de Estado desatascó la situación.

“Las acusaciones siguen siendo las mismas”, añade Blasco. Los gigantes en desarrollo (China e India, principalmente, pero con el apoyo de Brasil y Sudáfrica) temen que les impongan un sistema de verificación de sus emisiones que destripe su economía, además piden más dinero y mayores objetivos de reducción de emisiones para los países desarrollados, especialmente a EEUU. Mientras, Washington insiste en que no puede moverse si no hay objetivos vinculantes para China e India. “Vemos el mismo debate desde 2009”, resume Blasco. Bajo una negociación llena de documentos muy técnicos subyace una vieja pugna: ricos contra pobres.

La dificultad radica en que este no es un tratado de medio ambiente, ni siquiera sectorial -como el exitoso Protocolo de Montreal, que hace 25 años puso coto a la destrucción de la capa de ozono-. Las emisiones de CO2 tienen relación con el sector energético, la industria, el transporte, la agricultura, la deforestación…

Cada vez que una central térmica quema carbón en China o que un estadounidense arranca su coche emite CO2. Este gas, principal responsable del efecto invernadero, se acumula en la atmósfera y retiene parte del calor que emite la Tierra. Según la Organización Meteorológica Mundial, desde la Revolución Industrial, la humanidad ha emitido unos 375.000 millones de toneladas de CO2. Eso ha hecho que la concentración de CO2 en la atmósfera suba de 280 partes por millón a 390 actualmente. Y seguirá subiendo durante décadas. Nadie planea recortarlas drásticamente porque eso acabaría con la economía mundial.

El acuerdo alcanzado en Copenhage por todos los países es limitar el calentamiento a dos grados centígrados, para lo que hay que estabilizar la concentración en la atmósfera en 450 partes por millón. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, ya se notan en el continente alteraciones debido al cambio climático: como aumento de lluvias torrenciales en el norte y sequías en el sur y aumento de la frecuencia de las olas de calor.

Con la crisis económica, el clima ha pasado a un tercer plano, aunque cada vez hay más organismos que avisan del grave problema que afronta la humanidad si no se hace nada. El último fue el Banco Mundial, que en un informe calcula, de seguir así, a final de siglo la temperatura media subirá cuatro grados centígrados. Y que eso traerá un mundo “con olas de calor sin precedentes, severas sequías y grandes inundaciones en muchas regiones, con graves impactos en ecosistemas y sus servicios asociados”.

La principal esperanza es que en su segundo mandato, el presidente de EEUU, Barack Obama, sí que tome medidas para limitar las emisiones. La paradoja es que sin legislar, Estados Unidos ha reducido sus emisiones debido al auge del gas no convencional, que ha sustituido al carbón en la producción eléctrica. Aún así, EEUU aún dobla a la UE en emisiones per cápita.

Europa, tradicionalmente la región que más empuja en estas negociaciones, llega dividida. La crisis económica hace que ninguno de sus líderes -quizá solo François Hollande- tenga el calentamiento entre sus prioridades y Polonia veta cualquier intento por endurecer las normas europeas. Hace unos años se daba por seguro que Europa endurecería su objetivo de reducción de emisiones del 20% al 30% (en 2020 respecto a 1990), pero hoy parece inviable. Además, Bruselas ha tenido que retirar la directiva que obligaba a las aerolíneas por sus emisiones incluso aunque fuesen de un tercer país por el enfrentamiento con China e India y la amenaza de represalias comerciales.

La UE acepta ir a un segundo periodo del Protocolo de Kioto que cubra el periodo 2012-2020, pero hay graves discrepancias por solventar. El secretario de Estado de Cambio Climático, Federico Ramos, destaca el problema del llamado “aire caliente”. Se trata de millones de derechos de emisión asignados a los países de Europa del Este y que nunca usaron debido al desplome de la pesada e ineficiente industria soviética. Algunos países han hecho caja con esos derechos (como Polonia, a la que España le ha comprado CO2 para cumplir su parte), pero otros, como Rusia, aún esperan para venderlos.

El problema es que si esos millones de derechos de papel sirven para los próximos años la reducción de emisiones solo será virtual. “España piensa que hay que ser restrictivo en el arrastre de derechos, pero entendemos las posturas de ciertos países”, añade Ramos. “Si el mercado [de CO2] está inundado es difícil que merezca la pena reducir las emisiones”, añade el secretario de Estado, que a partir del miércoles estará en Doha acompañado por el ministro de Medio Ambiente, Miguel Arias Cañete.

Ese mercado inundado de derechos ya se da en la UE, por lo que la tonelada de CO2 está en mínimos (el viernes cerró a 6,65 euros, muy lejos de los aproximadamente 20 euros para los que se diseñó el sistema de compraventa.

España está entre los países que aceptan un segundo periodo de Kioto. “La primera fase ha sido útil, ha funcionado bien aunque podía haber funcionado mejor”, opina Ramos. Pero incluso aunque la UE acepte, su efectividad de una segunda parte es dudosa. Japón, Canadá y Rusia ya han anunciado que no se sumarán. Estados Unidos, que no llegó a ratificar el primer periodo, ni se lo plantea. El principal emisor del mundo, China, está considerado como un país en desarrollo y por lo tanto está exento. El resultado es que los países con objetivos vinculantes hasta 2020 solo sumarán el 15% de las emisiones mundiales (la UE, Australia, Noruega, Suiza y alguno más).

Una prórroga de Kioto permitiría al menos mantener los mecanismos de desarrollo limpio, el sistema que ha llevado miles de millones en tecnología limpia a los países en desarrollo para compensar las emisiones de los ricos. El mecanismo ha estado plagado de agujeros y de inversiones con un dudoso efecto sobre la atmósfera, pero los países consideran que desmontarlo empeoraría la situación.

Esos mecanismos son básicos para que los países en desarrollo acepten cualquier nuevo acuerdo, el que se debe acordar en 2015 –probablemente en París- para que entre en vigor en 2020. Pero para eso falta mucho.

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