Agua, agua en todas partes

Article d’opinió publicat a l’edició digital del diari El País el passat dilluns 10 de setembre, per Paul Kennedy, director de Estudios sobre Seguridad internacional en la Universidad de Yale.

El peligro que aguarda al mundo de aquí a 2050 procede de un recurso amable y tranquilizador que todos damos por descontado, hasta que escasea. Es, con mucho, la mayor amenaza para la seguridad de los humanos

Rápido! ¿Qué es lo peor que podría pasarle al mundo de aquí a 2050? ¿Un enfrentamiento nuclear entre Israel e Irán? No, diría un realista implacable, porque esa sería una disputa regional, con escasas consecuencias para la mayor parte de los países, del sureste asiático a Latinoamérica.

¿Una confrontación entre China y Estados Unidos por dominar el Pacífico occidental? Peligrosa, sin duda, pero poco probable; a los dos bandos les da miedo el uso de armas nucleares, los dos perderían buques de guerra (quizá muchos) y, si se produjera la guerra, Estados Unidos seguramente frustraría las ambiciones marítimas de China, pero su esencia permanecería intacta y resentida. Así que ¿para qué molestarse?

¿El empeño de Putin en reafirmar el poder imperial de Rusia a base de apoderarse de tierras? Eso dejaría al descubierto que las exhibiciones militaristas del Kremlin con su ejército regular no son más que una fachada de cartón piedra; en serio, ¿acaso su menguada población masculina iba a estar deseosa de ponerse el uniforme y volver al lejano Cáucaso, o de absorber una Bielorrusia en pleno declive? ¿Qué son los esfuerzos de Rusia para negociar la instalación de bases navales en Estados poco fiables del Tercer Mundo más que una forma de colocar a unos rehenes en manos de la suerte?

De modo que, ¿por qué no ignorar esas longitudes de onda y distanciarnos de las especulaciones que hacen los estrategas de sillón, los expertos obsesionados con los conflictos regionales (Oriente Próximo, el fanatismo musulmán, Israel) y otros profetas de guerras militares de uno u otro tipo? ¿Por qué no fijarnos, en su lugar, en un peligro que aguarda al mundo, procedente de un recurso amable y tranquilizador que todos damos por descontado (hasta que escasea o deja de existir)? ¿Por qué no decir que la pérdida de agua potable garantizada es, con mucho, la mayor amenaza para la seguridad de los seres humanos a largo plazo? En comparación, los peligros políticos mencionados parecen pequeños.

El agua. Terriblemente abundante en esta bendita Tierra nuestra, y eso es lo que la distingue del helado Marte y el ardiente Venus; aquí puede haber vida. Sin embargo, el agua debe ser potable, y ahí está el principal problema, porque la mayoría del agua del planeta es agua salada, inutilizable para beber y (en la mayor parte de los casos) para regar cosechas y plantas. E inutilizable para el afligido Viejo Marinero de Coleridge, a la deriva en medio del mar, que se lamentaba en el famoso poema: “Agua, agua en todas partes, y ni una gota que se pueda beber”. En realidad, sólo el 2,5% del agua de la Tierra es agua dulce, pero casi toda está atrapada en enormes acuíferos subterráneos o en los casquetes de hielo de los Polos. Parece increíble para cualquiera que no sea científico del clima, pero el agua de nuestros lagos y ríos no representa más que el 0,01% de las reservas de agua del planeta.

El agua dulce y corriente —es decir agua que fluye en un río en el que se acumulan las últimas lluvias, la nieve derretida y el deshielo primaveral de gigantescos glaciares de montaña— es vital para nuestra existencia, para el medio ambiente, las culturas, incluso las naciones-estado. ¿Cómo sería Egipto sin el Nilo? ¿O Londres sin el Támesis? ¿Y no son algunas de nuestras principales civilizaciones, en esencia, “civilizaciones fluviales”? ¿Se pueden imaginar Viena sin el Danubio? ¿Pero qué Gobiernos piensan alguna vez en sus ríos, en lugar de sus sistemas de seguridad social o sus gastos de defensa? El próximo mes voy a asistir a una conferencia organizada por el Ministerio de Agua y Transportes de Corea del Sur, un organismo con visión de futuro, en la que participarán expertos destacados en hidráulica, gestión de los ríos, estuarios y otras partes fundamentales del rompecabezas. Ahora bien, ¿quién verá el rompecabezas entero?

¿Cuáles son las amenazas contra este bendito regalo del agua a nuestra Tierra? Son tres, que suelen estar relacionadas entre sí, pero son fáciles de identificar por separado.

La primera es la política internacional, es decir, las disputas entre los Estados y los pueblos por el control de las corrientes de agua dulce. Las naciones de las partes altas de los ríos desvían el agua para proyectos de regadío con el fin de impulsar la agricultura, como está haciendo Turquía con su famosa Presa Ataturk. Pero los países que están río abajo, como Siria e Irak, sufren por la reducción del volumen de agua que les llega y se indignan; de ahí puede surgir un conflicto. También pueden aparecer antagonismos cuando una sociedad de río arriba descarga elementos desagradables o peligrosos en el río y contamina las aguas que llegan más abajo. Holanda, que contiene la parte baja del gran río Rin, ha padecido muchos ejemplos de este tipo de contaminación transnacional.

La segunda es totalmente distinta: se debe al tremendo aumento de la demanda mundial de agua dulce. En 1825, había alrededor de 1.000 millones de seres humanos en nuestro planeta, que en su mayoría sacaban y utilizaban el agua con métodos preindustriales. Hoy, nos aproximamos a un total de 7.000 millones de personas en el mundo, con necesidades diarias cada vez mayores y con industrias (cemento, acero, chips de silicio, hoteles) que consumen inmensas cantidades de agua dulce. El crecimiento de la economía mundial desde 1800 y el afortunado incremento del nivel de vida de tanta gente han ido acompañados de un aumento incontrolado y desproporcionado del consumo de agua. Cada uno de nosotros gasta muchísimos litros más que nuestros abuelos. Aunque no existiera ninguna amenaza de las que que se sugerían más arriba contra la seguridad de nuestras reservas de agua, la demanda total está ejerciendo más presión sobre las reservas normales.

Pero —y esta es la tercera amenaza— ¿y si además resulta que las reservas originales están agotándose? ¿Y si no podemos seguir contando con un caudal previsible en esos ríos que tanto significan para nuestra vida cultural y social pero, sobre todo, para nuestra vida física? Según muchos informes científicos, los mayores problemas actuales se producen en Asia, donde la población aumenta de forma increíble y la estación de las cosechas es cada vez más breve, porque las temperaturas son más elevadas y las precipitaciones, más escasas. Numerosas comunidades a los pies del Himalaya dicen que hay mucho menos deshielo. Ya no hay suaves pendientes nevadas que se derritan en abril; la temporada de los deshielos se acaba en febrero. Y no hay que olvidar que los glaciares de todo el mundo están derritiéndose de forma constante e insidiosa, en particular los gigantescos glaciares de Tíbet que alimentan tantos grandes ríos de India, China, Myanmar y Vietnam. Estamos hablando del futuro de 3.000 millones de personas. Y de unas sociedades que reaccionarán con furia a la pérdida del agua, y unos Gobiernos que quizá no respondan con prudencia sino de forma insensata, luchando por las reservas de agua en vez de negociar para encontrar una manera científica de compartir un recurso cada vez más escaso.

Regresemos, pues, a mi propuesta inicial. Los problemas que obsesionan a los analistas estratégicos contemporáneos, a los expertos de sillón en asuntos internacionales —cuestiones como Siria, las disputas entre China y Japón por unas islas, Israel e Irán—, por muy importantes que se crea que son, palidecen al lado de la crisis mundial del agua. Desde el río Colorado hasta el Brahmaputra, el caudal de los ríos disminuye. Díganme si hay algo que sea más importante que eso.

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