El agua no es el problema

Article publicat al portal Terra.org el passat 7 de setembre, per Javier Martínez Gil, impulsor de la Nueva Cultura del Agua i de la fluviofelicitat.

El agua es ese bien tan escaso del que depende el futuro, que marcará todo un siglo XXI, estigmatizado de guerras y demás historias, por cuya causa mueren hoy en día no sé cuantos niños cada minuto, en cuyo nombre organizamos hace cuatro años una millonaria Expo Internacional en Zaragoza, después una cumbre en no-sé-dónde. El agua, por la que hacemos manifiestos grandilocuentes, exposiciones itinerantes, cartas magnas, movilizamos eventualmente cientos de miles de personas por las calles de Barcelona, Madrid, Zaragoza, Valencia y Murcia, o decenas de miles por Pamplona o Mallorca, o se desplazan a Bruselas, organizamos másters…

Pero, ¿a quién preocupa de verdad en España el llamado “problema del agua”? ¿Lo estamos enfocando bien? ¿Cuál es nuestro verdadero problema?

Llamamos “problema del agua”

– a la degradación de los ecosistemas fluviales,

– a la privatización fáctica de los ríos, a la frivolidad con la que son aprobadas las grandes obras hidráulicas millonarias, sometidas sistemáticamente a inimaginables desvíos presupuestarios, siempre oscuros e impunes, que multiplican su coste final por dos y por tres; a la forma como se aprueban los planes hidrológicos nacionales o de cuenca, que luego no se ejecutan, pero que ahí quedan como grandes deudas históricas;

– a la forma como se designa al máximo responsable del tema, el ministro del ramo, y éste a sus asesores y equipos de gobierno, personas en general altamente ignorantes del problema, sacadas de pronto de no se sabe qué chistera;

– al modelo de territorio al que nos conducen sus políticas;

-a la realidad de unos planes de unas desaladoras que apenas se usan,

– a la posibilidad de atender unas apetencias de agua que no tienen límite de satisfacción posible, o a que mientras el país entero está sometido a recortes en salarios, servicios básicos, etc., sigan adelante proyectos hidráulicos costosos, escandalosos, que no resuelven nada, sumidos en un océano de desvíos presupuestarios, como Yesa, Biscarrués y un largo etcétera;

– a las evaluaciones y declaraciones de impacto ambiental amañadas, ordenadas por decreto de quien manda,…

Pero ¿de qué problema estamos hablando y por qué ocurren estas cosas? ¿Bajo qué tipo de lógicas se rigen nuestras políticas del agua? ¿No será nuestro problema del agua un problema ocasional y construido, una retórica de los tiempos en la que nosotros mismos hemos caído; una forma organizada de disipar nuestra propia energía creativa?

La esencia del problema es la codicia desmedida, es en ésta donde debería estar fijada nuestra atención, nuestra capacidad de discernimiento y nuestra creatividad como científicos. No es el agua, ¡somos nosotros el problema! Nosotros, los humanos, con nuestras conductas esquizofrénicas somos el gran problema, no sólo con el agua, sino de todo en general: de la crisis económica, de la marginación, las guerras, el hambre y la pobreza, de la degradación del mundo natural, la energía, la violencia, etc.

Estamos de acuerdo en que el actual es un modelo de desarrollo injusto, vandálico, deshumanizado, cruel y torpe, además de insostenible, condenado a la insoportabilidad, a la emergencia de la violencia. Es un modelo que no es tal, sino un caos, regido por la ley de la selva, el imperio del más fuerte. Es algo que, más allá de un límite, va contra el ser humano, como una inocente aspirina: en pequeñas dosis es curativa, y en dosis inadecuadas, mortal. Es la actual una forma de “prosperar” que conlleva desprecios, atropellos, marginaciones, y ostentaciones que ofenden y humillan. Está basado en un deseo patológico de poder y de acaparar. Y con esta forma de vivir, alimentamos nuestro propio ego, nuestra imagen de sabios, de responsables y, en definitiva, de triunfadores.

Hoy el agua es, en nuestro entorno, un problema menor frente a la magnitud de lo que está cayendo, y frente a los efectos de la crisis de civilización en la que vivimos todos, que es donde está la raíz de todo, empezando por la degeneración de las propias sociedades del estado del bienestar. Hemos llegado a unos límites inimaginables de hipocresía, de inteligencia emocional manipulada y de pérdida de la capacidad de discernimiento.

Ese es el problema que subyace bajo el resto de los problemas: carecemos de un objetivo común que nos ilusione como familia humana. Estamos perdidos en tiempos de grandes cambios obligados. Sin embargo, siempre he sostenido que a través del agua, de lo que está aconteciendo con ella, de lo que estamos haciendo con los ríos y demás acuíferos, y gracias también a nuestra profunda vinculación emocional con ella, podemos abrir nuestras ventanas hacia la comprensión holística de la gran crisis de civilización que nos atrapa, que va desde la universidad, la investigación y el pensamiento, hasta la democracia, pasando por la bazofia e inmoralidad de la mayoría de los medios de comunicación.

En ese sentido, la fluvio (la fluviofelicidad) es una experiencia y una filosofía hidrológica de la Nueva Cultura del Agua altamente ilustrativa, de la que cada vez me siento más satisfecho de haber sido su promotor y su animador, desde hace ya diez años. Pese a todo, a pocos de nosotros interesan esas tonterías emocionales, porque no hemos llegamos aún a entender la verdadera naturaleza del problema, que no es hidrológica, ni siquiera económica, sino esencialmente emocional. Nos hemos deshumanizado y desespiritualizado hasta niveles altamente patológicos. Hay que recuperar la sensibilidad que une a la gran familia humana y los ríos son uno de los lazos más largos y sentidos que nos entrelazan una poderosa vinculación emocional, a través de su simbolismo. En el río podemos despertar al mundo emocional, a la armonía, a la esencia de la vida, al valor de la belleza y a su vinculación con la idea sublime de la pureza.

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