¿Queremos bosques?

Article publicat a l’edició digital del diari El País del passat 25 d’agost, per Luis Gil i Inés González Doncel. Luis Gil es catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid y miembro de la Real Academia de Ingeniería, Inés González Doncel es catedrática de la Universidad Politécnica de Madrid.

La ausencia de gestión forestal es una ruleta rusa que propicia los grandes incendios

El ecólogo americano S.J. Pyne afirmó que con el fuego el hombre primitivo comenzó a “cocinar” el planeta. La actual plaga de incendios estivales nos recuerda esta práctica atávica, propia de sociedades que necesitaban espacios abiertos para cultivos o eriales a pastos. La pérdida de las selvas prehispánicas supuso la extinción de especies, como los endemismos tinerfeños de Quercus y Carpinus, conocidos por el hallazgo de su polen en sedimentos previos a la conquista castellana. El registro fotográfico del paisaje de antaño es abundante y también el literario. Para Víctor de la Serna, la España de 1940 mostraba sin cesar “nombres que flotaban como fantasmas en nuestra Geografía. Robledos sin robles, ayedos sin hayas, fresnedas sin fresnos, castañares sin castaños, encinares sin encinas, quejigales sin quejigos. Y tantos pueblos abrasados al sol junto a su sonoro apellido “del Monte” y donde no se podía cortar una vara para arrear la cabalgadura”. La ausencia de árboles evitaba que fueran refugio de pájaros ávidos de trigo o uvas, o que su sombra húmeda y malsana causara pulmonías y reumas. Este odio al árbol lo recoge Pérez Galdós en Bodas Reales cuando uno de sus personajes manifiesta que se la entierre en el suelo y sin árboles, “pues no quería estar a su sombra ni viva ni muerta”.

Este año asistimos atónitos a sus efectos más perversos por la trágica pérdida de vidas y de cuantiosos bienes materiales. Aunque su origen sea intencionado o por negligencia humana, se acude a otras motivaciones para explicarlos, como si la planta fuera responsable de la sequía o de las altas temperaturas, aunque todos los veranos sean secos y cálidos, también a los recortes presupuestarios o a las especies —pinos muy especialmente— si las consideran foráneas. Si las creencias dominan sobre el saber lo que es un sentimiento puede alcanzar categoría de verdad absoluta, por lo que no podemos resignarnos a una inadecuada información sobre lo que fue y es la gestión de los ecosistemas forestales y hacia dónde vamos respecto al fuego que los asola. Políticos, expertos, técnicos, periodistas, sindicalistas; cualquiera de nosotros no duda en dar su personal y sesuda opinión del tema, la más de las veces simplista pues hoy se prioriza información y brevedad sobre formación.

En la defensa de la política forestal mantenemos, frente a bosque, la voz monte para los arbolados que se queman. Aunque reflejan el mismo material (madera deriva del latín materia) son hijas de distinta madre y tratamiento histórico. La silva latina no dio el castellano selva, sino que la reemplazó monte; así, el Fuero Juzgo la empleó para traducir silva al romance del siglo XIII. El uso del término orográfico se debe a ser al lugar donde la selva halló refugio por ser poco propicio para el cultivo y el poblamiento humano. Montes con sus laderas “empinadas” protagonizaron el Libro de la Montería del siglo XIV, desautorizando el carácter ajeno dado a nuestros pinares. Después, entró “bosque” del italiano a través del catalán y lo usaron los Austrias españoles para referirse a los latifundios donde reyes y señores practicaban la caza; actividad y tipo de propiedad que los libró de la frecuencia con que ardían los montes.

La pérdida del arbolado público fue progresiva, siendo la Mesta durante cinco siglos destacado responsable, al hacer del ganado merino la fuente de riqueza de unos pocos. La monarquía la dotó de poder para que rebaños y pastores atravesaran salvos y seguros feudos ajenos; por lo que supeditaron montes y agricultura a la ganadería trashumante. Actividad festejada cada año como paradigma del aprovechamiento sostenible, pese a llevar implícito el incendio forestal al ligar la expresión al latín fumo “humo”. El monte quemado (humeante) aparece en el Fuero de Navarra al permitir que los ganados entrasen “trasfumo” para aprovechar las hierbas.

La gestión tradicional del territorio acabó cuando la industrialización inició el éxodo rural. Durante la República se creó el Patrimonio Forestal del Estado para paliar el paro agrícola; pero apenas hizo reforestaciones por falta de presupuesto, que lo tuvo cuando, tras la Guerra Civil, la población agraria subió del 46% en 1930 al 51% en 1940. La repoblación forestal fue una forma exitosa de repartir peonadas que se incrementó con la política de construcción de embalses durante los Planes de Desarrollo, pues repoblar las cabeceras de las cuencas evitaba que los pantanos se llenaran de sedimentos. Esta política se mantuvo en las Autonomías con mayor número de jornaleros hasta que se adoptó —por “respetuosa” con la naturaleza— la ley de la “no intervención”, asumida por numerosos gestores. Sin embargo, pese a su fácil diseño y económica ejecución, ni fija población en el medio rural —ahora desiertos humanos cinco días a la semana y diez meses al año—, ni genera sistemas naturales. Esta política no recuperará el orden, la armonía, ni el diseño anterior al manejo humano. Las centenas de espacios protegidos declarados en las últimas décadas son paisajes culturales profundamente transformados, con especies extintas y vegetación modelada por los fuegos para subordinarla a los usos agroganaderos. La no intervención permitió el trasvase de los presupuestos forestales a otros menesteres, muchos sin duda más necesarios, pero la mayoría ajenos al mundo rural. La inversión en los montes ha sido cada vez menor, y su gestión limitada a la extinción de los incendios.

La reforestación resucitó localmente especies forestales, básicamente nuestros pinos por ser árboles adaptados a recuperar suelos esqueléticos. Estos pinares están hoy abandonados por falta de presupuestos, que se emplearían en jornales, por lo que serán pasto de las llamas o, en ausencia de gestión selvícola, tardarán siglos en ser bosques maduros. A las repoblaciones se están añadiendo nuevos terrenos gracias al abandono de la agricultura marginal. Menos agricultura y ganadería y más población que construye sus casas en los bosques o cerca de ellos. Por eso, y pese a la gran experiencia en la extinción, perderemos todos estos “bosques” —nuevos o antiguos— y se volverán a expandir los matorrales que, al faltarles la carga ganadera, se embastecerán con rapidez hasta que un nuevo fuego baje su talla.

La ausencia de gestión forestal es una ruleta rusa que propicia la frecuencia de los grandes incendios y consecuencias más dramáticas. El ahorro que supone es muy inferior a las cifras astronómicas de los costes de extinción, de restauración ecológica y recuperación de daños; además, condena al medio rural a recibir ayudas de forma puntual y tras un proceso catastrófico. Si queremos disfrutar de bosques deberemos intervenir en el monte, pero ¿queremos bosques? Y si la respuesta es positiva ¿para qué los queremos?

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