Los ecologistas anticipan un fiasco ante un pacto que no convence ni a la ONU

Notícia publicada a l’edició digital del diari La Vanguardia d’avui dijous 21 de juny, per Fernando García.

Brasil, Estados Unidos, la UE y hasta los países en desarrollo son blanco de críticas

“Río menos 20”. Así quedó bautizada alternativamente la cumbre de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Perdurable, a cuya apertura acudieron ayer más de cien líderes mundiales como quien asiste a un funeral: el funeral de las esperanzas en una posible acción global para frenar el deterioro del planeta. Tal era el clima creado por el paupérrimo borrador de declaración que los delegados habían aprobado horas antes bajo la presión y las prisas impuestas por el anfitrión brasileño. Un borrador que la mayoría de las delegaciones parecían resignadas a firmar mañana, sin apenas tocar una coma, pese al escándalo y las duras críticas del exterior ante la falta de visión mostrada por los 193 países integrantes de la ONU.

Hasta el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki Mun, reconoció que no era precisamente ese el acuerdo que él quería para salir al rescate del planeta: “Sé que algunos países esperaban un acuerdo más ambicioso. Yo también”, admitió. Y luego, claro, pasó a los consabidos atenuantes: Las negociaciones fueron muy difíciles y lentas a causa de los conflictos de intereses. Este es el resultado de un largo y delicado proceso. No es el final, sino el principio de un proceso“, insistió tratando de abrir una sonrisa al declarar inaugurada la conferencia y proclamar presidenta a la mandataria anfitriona, Dilma Rousseff.

La gobernante, aunque con cara de pocos amigos, formuló unas breves palabras de bienvenida lógicamente más optimistas que las de Ban, pues no en vano Brasil había preparado el preacuerdo. “No tengo duda de que estaremos a la altura de los urgentes y complejos desafíos que la situación global nos impone”, opinó la presidenta. Pero tanto su expresión como lo que fuera de escena todos decían indicaba lo contrario. Altura, poca. Dudas, todas.

Rousseff y Ban Ki Mun hablaron cuando la ciudad de Río, de tráfico normalmente insostenible, trataba aún de recuperar la normalidad tras el aparatoso desembarco de los jefes de Estado y de Gobierno. Y mientras miles de indígenas y ambientalistas se preparaban, a pesar de la lluvia intermitente, para una manifestación en la que esperaban reunir a unas 50.000 personas, en el marco de la cumbre de los Pueblos.

La carencia de objetivos precisos sobre desarrollo duradero que den el relevo a los objetivos del Milenio a partir del 2015; la renuncia a convertir el programa de las Naciones Unidas para el medio ambiente (Pnuma) en una agencia global con presupuesto regular y verdaderas facultades para hacer ejecutar las decisiones; la ausencia de plazos para eliminar los subsidios a la energía de combustibles fósiles y a las actividades dañinas para el medio; la indefinición sobre los recursos e instrumentos con que pagar la factura a la transición a una economía verde que a duras penas se menciona… La lista de lagunas o elementos que fueron tachados en la declaración pactada justifica el sobrenombre de Río menos 20.

El catálogo de protestas de las organizaciones ambientalistas y otros representantes de la sociedad civil es directamente proporcional a dichas carencias en el texto. “La Río+20 se transformó en un fracaso épico. La conferencia falló en términos de equidad, ecología y de economía”, enumeró Daniel Mittler, director de políticas públicas de Greenpeace. “Es patética”, señaló por su parte del director general de WWF, Jim Leape: “Si el texto propuesto es aceptado, entonces el último año de negociaciones habrá sido una colosal pérdida de tiempo. Si uno no supiera lo que se está debatiendo aquí, pensaría que estamos en un seminario y no en una conferencia internacional”.

Nadie escapó de las críticas: la UE, por recular en materia financiera so pretexto de la crisis; Estados Unidos, por impedir la transformación del PNUMA en agencia, por frenar los intentos de precisar objetivos y calendarios y por intentar cargarse el principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” de las naciones; Brasil, por anteponer su temor al fracaso y su necesidad de salir del paso a todo lo demás, a costa de producir una propuesta sin sustancia; China y otros países en desarrollo, por su resistencia a compromisos que les habrían obligado a dejarse vigilar en sus políticas ambientales…

La Red de Acción Climática, con respaldo de cientos de oenegés, difundió un comunicado exigiendo que se retirase del documento la frase “con la participación de la sociedad civil”: sus miembros rechazan convertirse en partícipes de las conclusiones.

Y decenas de mujeres expresaron su furia en las inmediaciones de la cumbre por la desaparición del texto final, a petición del Vaticano, de la expresión “derechos reproductivos”: según la prensa local, la Iglesia veía ahí un gratuito atenuante al aborto.

Ban Ki Mun pidió a los líderes “más ambición”, lo que podría entenderse como una invitación a reabrir el texto para mejorarlo. Es posible, pues la cumbre termina mañana, pero no parece fácil. En una breve entrevista con La Vanguardia, la comisaria europea para Cambio Climático, Connie Hedegaard, consideró que tal pretensión “no es realista”, pues el acuerdo resulta de una “delicada negociación” cuyo resultado, aunque “no satisfactorio”, es “lo que el mundo puede acordar en junio del año 2012” sobre medio ambiente. Que no es mucho.

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