“Quien piensa solo en trasvases y desalinización, se ha quedado en el siglo XIX”

Entrevista a Narcís Prat, Narcís Prat, professor d’Ecología i expert en gestió de l’aigua (Universitat de Barcelona), publicada al portal de notícies de la UB, el passat dilluns 30 d’abril.

El agua es un recurso limitado e indispensable para la vida. Pero también es mucho más que eso. Gestionar y conservar los recursos hídricos es un gran desafío para cualquier sociedad, y no siempre se consigue. Narcís Prat, catedrático del Departamento de Ecología y director del Grupo de Investigación Freshwater Ecology and Management (FEM) de la UB, ha contribuido activamente a definir un nuevo modelo de gestión del agua. «Este es uno de los temas que tenemos pendientes: que el agua sea un elemento importante de la agenda política en nuestro país», nos comenta Prat, miembro fundador de la Fundación Nueva Cultura del Agua (FNCA). Narcís Prat, que ha presidido la Asociación Española de Limnología y ha sido asesor de la Agencia Catalana del Agua, revisa a continuación algunos puntos críticos de la política del agua sobre los que habría que incidir para vislumbrar un futuro —también un presente— más sostenible en materia medioambiental.

El 22 de marzo fue el Día Mundial del Agua. Según la Unesco, unos 1.500 millones de personas en el mundo viven en territorios en riesgo de desertificación. Desde un punto de vista global, ¿cuáles son los grandes desafíos del problema del agua?
 
La principal urgencia a escala mundial es garantizar el agua para la vida, es decir, el mínimo de agua necesario para poder vivir en condiciones. Para sobrevivir, el límite son unos tres litros al día, pero llegar al agua para la vida significa disponer de unos 40 litros por persona y día. Es una cantidad de agua relativamente modesta, que en muchos países del mundo se podría alcanzar si dispusieran de las infraestructuras adecuadas. Respecto a los 1.500 millones de personas en todo el mundo que no tienen acceso al agua, en la mayoría de los casos se les podría facilitar los 40 litros al día con tecnologías que no cuestan mucho dinero.
El problema es que son países de África o Asia, que están afectados por el cambio climático, la sequía, etc. Además, están inmersos en problemas de corrupción política y de gobernanza. Es una situación dramática y compleja que complica todavía más el acceso al agua para la vida o para cultivar alimentos. Cuando la política y la corrupción pasan por delante de las personas, ni con toda la tecnología del mundo puede asegurarse el acceso al agua.
Cambiamos de escala geográfica pero no de tema. Usted dice a menudo que, en Cataluña, el problema del agua es un tema pasional. ¿Qué asignaturas quedan pendientes en el campo de la cultura del agua?
 
La materia básica es la misma: que la gente entienda que el agua no es solo un recurso sino también un vehículo ambiental. Los ríos no entienden de fronteras, y en el pasado, y siempre, la cuestión del agua ha generado conflictos en todo el mundo. Todo viene de una idea muy simple: pensar que el río es un recurso, que es mío, en lugar de entenderlo como un sistema vivo, que aporta unos servicios ambientales que debemos saber valorar. Si no entendemos qué es un río, llegarán los conflictos. El agua se utiliza como un arma política, y eso pasa en España, en Turquía, en Israel… en todo el mundo.
En nuestro país, podemos hablar de dos Cataluñas, que piensan de manera distinta. Cuando las pones en contacto, una está a matar con la otra. Una es la Cataluña costera, la que quiere saber si tenemos o no agua para beber, si nos cortarán el suministro, etc. La otra es la del interior, y aquí el problema es regar o no regar, y si construimos o no el canal Segarra-Garrigues. Los de Lérida creen que en Barcelona les quieren robar el agua. Los de Barcelona creen que en Lérida tienen agua y no quieren darla. Lo que habría que decir es: «Somos catalanes, tenemos el agua, hablemos». Pero hablemos en general, sin condiciones.
Todos los problemas de la sequía, del regadío, de si tenemos o no tenemos agua, se conocen bastante bien en Cataluña. Y se han buscado soluciones: el Plan de gestión del agua de Cataluña. Con este Plan, nadie puede decirnos nada si hacemos actuaciones sobre el Ter, desalinizadoras, etc., porque tenemos todas las competencias, y si no lo hacemos bien es culpa nuestra, no de Madrid. En cambio, en el caso de la zona del Ebro, quien manda es la Confederación Hidrográfica del Ebro, y Cataluña tiene poco que decir en cuanto a concesiones de agua.
El Plan de gestión del agua de Cataluña está muy bien elaborado, y aborda los cuatro componentes que exige la Directiva marco del agua: garantía (recursos), sostenibilidad ambiental, economía y participación pública. Si alguien dice que en Cataluña hace falta un trasvase del Ródano, primero debería leerse el Plan de gestión y vería que no es necesario. ¿Trasvase del Ebro? Pues tampoco. ¿Reutilización del agua? Pues sí, hablemos porque en el programa de medidas del Plan se puede encontrar todo lo que se puede hacer. ¿Desalinización del agua? Sí, pero con mesura…
En Cataluña, la solución que nos da el Plan es la gestión integrada de cuencas. Pero todo eso tiene un gran problema: el dinero. Para poder llevar a cabo una buena gestión hay que invertir y poder mantener las infraestructuras actuales y futuras. En 2015 nos toca pasar el examen de la Unión Europea sobre gestión del agua. ¡Y en Europa no nos preguntarán si tenemos más o menos agua! Nos preguntarán cómo están los ríos y el mar, y si se han cumplido los objetivos ambientales. Si alcanzamos los objetivos del Plan de gestión, tendremos un buen estado de los indicadores ecológicos del mar y los ríos. Pero, por desgracia, debido a la crisis, el desarrollo del Plan está paralizado por falta de dinero. O sea que no sabemos si pasaremos el examen en Europa, porque no estamos haciendo bien el trabajo. El debate ahora es saber de dónde se puede sacar el dinero para hacer un trabajo que ya sabemos que daría buenos resultados.
¿La política de los trasvases es una solución eficaz para los problemas de los recursos hídricos en el país?
 
Quien piensa solo en trasvases y desalinización se ha quedado en el siglo XIX. Parte de la idea equivocada de creer que el agua es un recurso y que el resto no interesa. Cuanta más agua, mejor. Y con la electricidad y el gas, lo mismo. Si traemos gas de Argelia, ¿por qué no podemos traer agua de Siberia? Si sobra, ya haremos algo… Y no es eso. El agua no es solo un recurso, es mucho más. Este problema se ha simplificado mucho.
A veces oímos gente que dice: «¿Queréis proteger los ríos? ¿Qué os importa más, los ríos o las personas?». No sabemos entender la importancia de preservar los valores medioambientales de los ríos, los lagos, el mar. El agua tiene unas funciones ambientales y a su vez nos da unos servicios que otros recursos no pueden darnos. Ahora estamos en plena crisis económica, tenemos otras preocupaciones y parece que tener agua de calidad en el medio sea un problema menor. Pero sin unos ríos de buena calidad, no habrá agua de buena calidad en los grifos de casa.
Para plantear soluciones a la falta de agua, primero hay que hacer un análisis coste-beneficio de las ventajas e inconvenientes de cada opción. En el caso de los trasvases, el coste económico es muy elevado, y también plantean problemas sociales y políticos, por ejemplo, en los trasvases del Ebro y del Ródano. Por otra parte, tampoco son ninguna solución inmediata: el agua no te llega de un día para otro, sino en un margen de siete o quince años. Si finalmente se hace el trasvase, no puede ser pequeño, porque el agua saldría carísima. Para que sea rentable, el caudal mínimo debe ser de diez metros cúbicos por segundo —un gran volumen de agua—, aunque en el futuro solo se necesite, como máximo, un metro cúbico por segundo.
En cuanto a la desalinización, si se quiere obtener la misma cantidad de agua que con el trasvase, hay que invertir una cantidad de energía tremenda. Las desalinizadoras son una pieza más del sistema: tienen unas ventajas —no dependes de nadie, las pones en lugares concretos y, si no las necesitas, las paras y te ahorras energía—, pero no puedes ponerlas en cualquier sitio. En Barcelona, están pensadas como un complemento, como una opción para conseguir la cantidad de agua necesaria. Pero la medida más efectiva que se ha visto en el área de Barcelona es el ahorro de agua. En los periodos de sequía, el ahorro llegó al 20 %. Ahora que no tenemos sequía, no hemos vuelto al gasto anterior. Se ha ahorrado un 10 % del agua, que es toda el agua que produce la desalinizadora de El Prat de Llobregat en un año. En un país industrializado, una persona no puede vivir con menos de unos 100-120 litros de agua al día, pero en Barcelona hay quien vive con 80 o 90 litros al día. Y esa gente vive bien. Todo es cuestión de ahorro y en Cataluña todavía tenemos un margen de ahorro bastante importante.
Usted es uno de los impulsores de la FNCA, una plataforma para cambiar paradigmas sociales, empresariales y políticos en gestión del agua. ¿La sociedad del futuro será más sensible al problema medioambiental?
 
Si a la gente le explicas los problemas, acaba entendiéndolos. La Fundación es una iniciativa para hacer entender a todos que la gestión integrada del agua es la solución de futuro, y ha tenido efectos locales en determinadas regiones donde ciertos planes no se han llevado a cabo o se han modificado gracias a la acción de la FNCA. El Plan de gestión del agua de Cataluña es un ejemplo. Haces una hoja de ruta, buscas un consenso para encontrar soluciones, lo explicas y la gente lo entiende. El problema es cuando todo eso se utiliza como arma política. La FNCA tenía el modelo de Cataluña como referencia, pero ahora todo eso está en peligro: costó mucho cambiar la mentalidad de nuestros gestores y podría ser que, con el cambio de Gobierno, lo poco que se hizo se vaya al traste en cuatro días.
Hablemos de un caso concreto: los regadíos de Lérida. Es difícil hablar en Lérida del canal Segarra-Garrigues, porque allí creen que si se quiere dejar el caudal ambiental que le conviene al río para recuperar su estado ecológico no habrá suficiente agua para regar. Pero aunque sea difícil hablar de ello, hay que hacerlo de manera abierta, con todas las opciones sobre la mesa, para mostrar que la gestión sostenible —regar y, al mismo tiempo, dejarle al río el agua que necesita— es posible.
Claro que es complicado, pero si no se pone en marcha un verdadero proceso de discusión abierta se rompe el diálogo social. Los políticos deben implicarse mucho más, tienen que enfrentarse a la realidad, llegar hasta el final, discutir las cosas, hacer dialogar a todos. La gente no es tonta, y si las cosas se explican bien, pueden encontrarse soluciones. Se puede decir que el regadío de Lérida es un tema políticamente incorrecto, nadie quiere hablar de ello y todos esperan que pase el tiempo, que el canal esté acabado y después ya veremos qué hacemos. Quizá el problema es que tenemos una generación de políticos del siglo XX y sus ideas no son del siglo XXI.
En este complejo engranaje de la toma de decisiones, ¿cuál es la función del colectivo científico y técnico?
 
Nuestra función es hacer bien el trabajo. En mi grupo de investigación, nos hemos centrado en el estudio de indicadores biológicos sobre la calidad ecológica de los ríos, calibrándolos para tener metodologías comparables a las de la normativa europea. Una vez hecho esto, ya tienes las herramientas para la gestión y puedes explicárselo a la sociedad. El problema es encontrar políticos que utilicen el trabajo de los científicos para el progreso de la sociedad, y no en interés propio, para ganar más o menos votos. Este enquistamiento de las posiciones políticas, de unos y otros, al pedir algo sin tener en cuenta las alternativas, es lo que hace difícil encontrar soluciones.
Por eso, el trasvase del Ebro, «el agua para todos» del Levante peninsular, y otros asuntos relacionados con la gestión del agua resultan problemas insolubles. Como científicos, nosotros hacemos ciencia e intentamos aplicarla. Colaboramos con la administración, con las instituciones, etc., pero necesitamos encontrarnos con un sistema receptivo, con el que podamos trabajar bien, y todo depende del momento político en el que nos encontremos. La situación ideal sería que, ante la pregunta «cómo debemos hacer esto?», pudiéramos crear un equipo técnico interdisciplinar, con biólogos, ingenieros, geólogos, geógrafos, etc., para trabajar conjuntamente en la búsqueda de soluciones. Así era la Agencia Catalana del Agua hace unos meses. Ahora estamos yendo un poco hacia atrás en todo esto —volvemos al control político de las decisiones técnicas— y creo que es un error.
¿Podríamos encontrar algún país como modelo de referencia en gestión hidrológica?
 
No hay ningún país modelo. En un mismo país, podemos encontrar ejemplos que están bien y otros que no tanto. Por ejemplo, últimamente se ha oído mucho que la gestión del agua, si no es privada, no está bien hecha. O el caso contrario, que la gestión debe ser pública. Pues ni una cosa ni la otra: todo depende del modelo y de la tradición democrática del país. En California, por ejemplo, hay una comisión del agua que mantiene asambleas abiertas y la tradición de consultar a los ciudadanos. El técnico explica los proyectos directamente a la gente. Es el sistema americano: la política del agua es la misma, saben muy bien lo que quieren hacer, y los cambios presidenciales no importan. En nuestro país, en cambio, si se entera de las cosas solo la mitad de la gente, mucho mejor. Hay que democratizar más estos procesos, como en el sistema americano.
¿Quiere un ejemplo que me encanta? La ciudad de Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca, en Ecuador. Allí la gente aprecia mucho los ríos, el agua está limpia, paseas por la orilla y no parece que estés en un país subdesarrollado. Cada año se hacen jornadas para replantar árboles y el ejército lleva camiones para que los voluntarios saquen toda la basura. Te dicen que lo hacen porque son sus ríos. Pero si después miras cómo está la capital, Quito, todo es un desastre: en veinte años no han sido capaces de construir una sola depuradora. Son los dos extremos en un mismo país.
Un gran ejemplo, el de Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca. Si miramos nuestros ríos, ¿superan el examen de calidad ecológica?
 
Aquí no sentimos aprecio por los ríos. Para los políticos, el agua es un arma ambiental y eso hace que se peleen entre sí. El problema del agua no le interesa mucho al Gobierno de Cataluña: no es un elemento importante de la política del país, como sí lo es la energía, el transporte o las infraestructuras. Debemos identificar el agua como fuente de vida. Si realmente apreciáramos el agua, los políticos invertirían dinero en él. En Cataluña, solo harían falta unos cuantos millones de euros. ¿Cuál es el problema? Que cuando no hay sequía, el agua deja de ser un tema preferente para la política y la opinión pública.
Los políticos, o no lo han entendido o no lo valoran, el problema del agua. Tenemos una línea trazada para mejorar la gestión del agua, el Plan de gestión, pero tiene dos puntos débiles: la parte económica y la participación social. Es necesario que la gente se lo crea, que se organice mejor, que se haga oír, que exija más a los políticos, porque solo pondrán dinero en aquello que le interesa a la gente. El agua debe ser un pensamiento permanente, no es pensar en la lluvia solo cuando oímos tronar…
Dicho esto, en términos de calidad medioambiental, el estado de nuestros ecosistemas acuáticos ha mejorado en los últimos años. En este punto, sería difícil ir para atrás: primero, porque nos caerían sanciones de la Unión Europea, y segundo, porque supondría que todo el sistema fracasara. Se ha mejorado el estado de las cabeceras, los tramos medios, etc. El punto crítico ahora es mejorar la parte final de los ríos. Vivimos en un país mediterráneo, eso quiere decir que hay ríos que no siempre llevan agua. Tenemos una red de depuradoras, y es necesario que funcionen mejor: la depuradora es un sistema pensado para ríos que tengan cinco veces más agua que la depuradora, y aquí es al revés: nos encontramos ríos que nacen en la depuradora. Por ejemplo, vas a Ribes de Fresser y te encuentras truchas a la salida de la depuradora. Y si te miras el Congost, en época de sequía el río va naciendo en distintos puntos. Su estado es muy diferente, pero el esfuerzo invertido en saneamiento en los últimos años se nota y la gente lo valora.
Usted también es un gran divulgador en temas de ecología. Para acabar la entrevista con un tono más periodístico, ¿qué titular le gustaría leer en un periódico?
 
«Los ciudadanos de Santa Coloma de Gramenet se bañan en el Besòs». Sería un titular fantástico. La gente ya se pasea por él y disfruta de la orilla del río, pero si algún día pudiera bañarse, querría decir que se ha hecho una gestión fantástica. Lo de bañarse ya lo prometían los políticos en los años 80 y 90. «Yo les digo que haremos una depuradora y podrán bañarse en el río», decían. Creía que no era posible, no podían prometer eso a los ciudadanos. Pero si no es bañarse, como mínimo meter los pies en el agua… con eso ya habríamos conseguido algo importante.

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