El Ebro, los pactos del agua, las reservas hídricas, trasvases y otras cosas de prometer

Article publicat al portal iAgua.es d’ahir dimarts 6 de març, per Carlos Blázquez Herrero, Director de Acualis.

Cuando oímos hablar de agua a cargos de responsabilidad en esta materia, es lógico pensar que quien lo hace tiene al menos una mínima noción de lo que dice; algo que incluso suponiendo que así sea, no nos permite saber en calidad de qué está hablando, puesto que puede contar:

– Lo que quiere que sea.
– Lo que será.
– Lo que otros quieren que sea.
– Lo que debería ser.
– Lo que es.

En ninguno de los casos tienen por qué mentir, simplemente adornan la realidad diciendo lo que alguien quiere oír. El problema viene cuando se mezcla todo, y junto con verdades completas se dicen otras a medias o se miente directamente.

Entonces los ciudadanos captan la parte del discurso que interesa a cada uno, porque si bien es cierto que todos los ciudadanos saben lo que es el agua y su crucial importancia, no suelen tener nada claros los conceptos más técnicos. Por ello se aferran a los lemas que más les gustan o los más simples. Si a esto le sumamos que con el agua casi todos esgrimen (esgrimimos) a la vez que nuestras razones, un buen puñado de emociones, resulta realmente difícil explicar las cosas con un mínimo rigor.

En este artículo trataré de cómo conceptos hidráulicos aparentemente antagónicos, pueden caminar hombro con hombro, apoyarse mutuamente y rendir los pretendidos frutos políticos sin que lleguen a materializarse.

No hace falta que entremos a comentar los pormenores del empecinamiento trasvasista de algunos partidos y del empecinamiento antitrasvasista de otros o la esquizofrenia de casi todos, puesto que pueden decir una cosa en un lugar y otra bien distinta en otro. En esta temática pueden alinearse izquierda y derecha en ambos bandos, y aunque a veces se distancian en unas cosas, en otras se unen por lo mismo, un verdadero galimatías hidropolítico que trataré de desentrelazar, aunque demasiado a menudo la explicación de la hidropolítica es muy sencilla.

Podríamos decir que es algo así como el timo de los triles hidráulicos. Bajo los cubiletes tenemos la bolita de los trasvases, de las reservas y de los déficits hídricos. Estas bolitas aparecen y desaparecen frente a nuestra vista. Ahora a la derecha, luego a la izquierda, más tarde al centro, para volver a los extremos a continuación… Los ciudadanos (“pringaos”) miramos y apostamos en las urnas por nuestro cubilete favorito, pero casi siempre aparece lo que no esperamos y donde no suponíamos que pudiera estar.

Con el trasvase, su amenaza, su defensa y su lucha en contra pasa algo parecido. Para que los sectores conservadores aragoneses agrupados en la coalición PAR-PP acepten el trasvase del Ebro, solamente es necesario que se hagan las obras del llamado “Pacto del Agua”, un disparate hidráulico creado en 1992 para que al construir un embalse en cada lugar donde pudiera haberlo, según criterio de cualquiera que viese un posible lugar donde levantar una presa, no quedase ningún agua que trasvasar.

Por supuesto que nadie pensó en si esos embalses podrían llenarse, si las características geológicas permitirían su construcción y aún menos en condicionantes medioambientales y -muy especialmente- que era completamente impensable por entonces que la DMA del agua obligase a pagar el 100 % de las infraestructuras que se construyan.

Aquel pacto del agua era un disparate económico, hídrico y medioambiental, pero pocos han renegado de él. Ello se debe a que su ejecución suponía dejar al Ebro con caudales mínimos que imposibilitarían el trasvase y lo importante era eso, pararlo a toda costa con los medios de que se disponía.

Más adelante se vio la imposibilidad de llevar a cabo semejante hidrodelirio, por lo que a alguien se le ocurrió la idea de la “Reserva Hídrica”, otro disparatado concepto que no precisa de la construcción de los embalses para retener el agua y así frenar el trasvase.

Es un ejercicio de “perrihortelanismo” mediante el cual se reserva el agua sin necesidad de hacer los embalses. El agua queda así en un limbo hidráulico a la espera de tiempos mejores o de que el Tribunal Constitucional lo desestime. Este es el enlace para curiosos.

Por tanto, el Pacto del Agua y sus embalses asociados fue un modelo de demagogia hidropopulista que derivó en una “Reserva hídrica” tan hidráulicamente inaceptable desde una visión actual, como el anticuado “Pacto del Agua”. No es lógico reservar toda el agua no contemplada en las concesiones de cuenca para “usos futuros” que nadie puede prever. De ese modo -salvo en las riadas ordinarias y extraordinarias- todos los caudales del Ebro tendrían dueño y no podrían trasvasarse. Eso en el caso de que se den las mínimas condiciones que lo permitan, sin recurrir a estos subterfugios.

Aquel “Pacto del Agua” fue un convenio hidro-nacionalista firmado a comienzos de los ochenta por todos los partidos políticos aragoneses para frenar el trasvase, pero no nos equivoquemos. El trasvase del Ebro en Aragón no es solamente un concepto hidráulico, sino que es visto como una humillación, algo así como un “derecho de pernada” sobre esta región por parte de otras autonomías que aportan más votos. Quien no entienda esto, difícilmente entenderá el porqué de esta tozudez antitrasvasista aragonesa, incluso por quienes nada tienen que ver con el agua, pero lo perciben de ese modo.

Volviendo hasta aquel “Pacto del Agua”, no es necesario insistir mucho en que fue redactado sin el menor rigor técnico ni ambiental, aún menos a los ojos de la sociedad actual, e impensable si se aplica la DMA. Fue un pacto firmado por la derecha y por la izquierda aragonesa de cuando Labordeta cantaba aquello de “Agua para el barbecho, trigo para el erial, para los hombres caminos, con viento y con libertad”, mientras los más radicales reclamaban que con las ayudas a la GM (Opel) se hicieran embalses y fomentaran los regadíos.

También Joaquín Carbonell cantaba esa canción tan naif que se llamaba “En aquel tiempo en que los ríos eran limpios”. Un himno bucólico a la vida sencilla (pobreza lo llaman algunos) que tiene su gracia y es perfectamente respetable, pero que ahora, cantado por urbanitas ecologistas a tiempo parcial, resulta un tanto anacrónico…

La izquierda reclamaba regadíos y la derecha también. De ahí aquel consenso de los primeros ochenta que ahora está roto. Actualmente, la izquierda aragonesa aborrece los embalses y trasvases, en tanto que PSOE Y PP son trasvasistas en levante y antitrasvasistas en Aragón.

Por lo tanto, la jugada se ve muy clara, y si no lo hacen así es porque son aún menos hábiles de lo que suponíamos, puesto que la “hoja de ruta” normal sería:

A. El Gobierno acepta el Pacto del Agua y promete los embalses pactados a comienzos de los ochenta, arguyendo consenso y unanimidad entre los aragoneses. Pero no hará nada dada la burocracia y los nuevos estudios de impacto ambiental que requerirán, aún más sabiendo que el Ministerio está plagado de personal con bastante poca vocación pantanera. Y todo ello sin contar con unos fondos que tardarán muchas décadas en estar disponibles.

B. El Gobierno, con la aquiescencia del PAR (que ya tiene los embalses prometidos y su “reserva hídrica” en el estatuto, aunque no sirva para nada) aceptará derivar las “aguas sobrantes” del Ebro hacia Levante y desbloqueará el trasvase que ya sólo será contestado por la izquierda y los ecologistas.

C. La UE probablemente no acepte el impacto ambiental de un trasvase, pero lo que es seguro es que no dará fondos para su construcción, con lo cual serían los usuarios quienes deberían hacer frente a un coste disparatado que posiblemente aumentaría en al menos un 30 % a los del agua desalada. No olvidemos que con los intereses del coste del trasvase se ponían en marcha las desaladoras a coste casi cero.

D. El tercer participante es la Generalitat de Cataluña, que unas veces ha reclamado el trasvase (pero hacia Barcelona) y otras es un furibundo antitrasvasista que teme la razonable reacción de los habitantes de Delta y las simpatías de su postura en otras partes de de la comunidad. Con este acuerdo, ni se hace el pacto del agua, ni el trasvase a levante, por lo que la Generalitat queda satisfecha y desactivada. Además hay que contar con los datos que aportaba Narcis Prat en este mismo medio, dejando bastante claro que aún en las circunstancias actuales, no hay agua para trasvasar sin eliminar concesiones hidroeléctricas.

E. Finalmente, el PP dirá que ha cumplido su parte y ha desbloqueado el trasvase, pero que ahora es muy difícil y en todo caso serán sus reclamantes quienes deban pagarlo, porque la crisis bla, bla, bla y en resumen que “Quien quiera peces….”

Y colorín colorado, ahora todos contentos y el cuento del trasvase se ha acabado. Ni se hacen los embalses del pacto del agua, ni se hace el trasvase, por lo que unos y otros habrán triunfado contentando a sus electores y dejando las cosas tal y como están.

Es una excelente jugada en una larga partida que no sabemos si ahora terminará. Para ser trilero hacen falta pocas cosas. Por lo menos hay que saber mover los cubiletes a uno y otro lado, pero muy especialmente esconder la bolita y dejarla en el lado que convenga, o mantenerla guardada en la mano (izquierda o derecha) hasta la próxima jugada. Es sólo una cuestión de inteligencia y habilidad.

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